El limpiavidrios que prepeó al sistema

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Escrito por Por Claudia Rafael 

Facundo Goñi es “la mala vida”. Limpiavidrios, de piel esculpida por viejas oscuridades, de figura magra y tatuada, es el fenotipo del marginado en una sociedad que estableció con notorio énfasis una línea feroz que divide entre nosotros y los otros. Pero Facundo Goñi también es hoy, lo que el defensor general de La Plata, Omar Ozafrain definió como “causa paradigmática de cómo a veces los procedimientos policiales conducen a la incriminación de inocentes”. De modo tan escandaloso, que la misma fiscal Graciela Riveros concluyó que “los funcionarios policiales actuaron con exceso de sus facultades al no encontrarse en una situación de flagrancia y tampoco entiendo que han justificado debidamente el estado de sospechas hacía Goñi. Procedieron igualmente a la requisa de un individuo sin orden judicial”.

En apenas unos días, la causa por “tenencia ilegal de arma de fuego y resistencia a la autoridad” mutó en una grosera desnudez institucional hacia el ya demasiado habitual armado de casos que ocultan un cruel ramillete de razones sistémicas: reforzar un estereotipo delincuencial hacia morochos, pobres y casi siempre analfabetos o semianalfabetos, captar fondos para la agencia de seguridad o disciplinar ejércitos de excluidos a su merced.

Esta historia penal arranca en un banco de la Plaza San Martín en el invierno de 2012 con Facundo junto a un grupo de chicos. Eran las diez de la noche y varios policías se les acercaron. Los chicos se fueron. Facundo les preguntó qué ocurría. La respuesta policial fue veloz: primero un puñetazo y luego, fue rápidamente esposado y encapuchado con su propia campera. Ya en la comisaría, quisieron que firmara una declaración por resistencia a la autoridad. Algunas horas más tarde, la acusación ya era otra: tenencia ilegal de arma de fuego. El juicio oral y público demostraría seis meses más tarde que al arma la habían colocado en su bolsillo los mismos policías que se lo llevaron.

Hay un capítulo en el informe 2011 del Comité contra la Tortura que tiene como título “Facundo Goñi”. “Este caso permite reconocer el hostigamiento del que son víctimas quienes trabajan en la calle en oficios informales como vendedores ambulantes, limpiavidrios, cuidacoches, prostitutas, entre otros. Generalmente provienen de grupos sociales excluidos que ante la falta de trabajo formal deben desempeñarse en tareas de supervivencia. Goñi trabajaba como limpiavidrios y dormía en la Plaza Moreno, a metros de donde desempeñaba su actividad. En diciembre de 2010 personal policial comenzó a hostigarlo para que dejara de trabajar allí, justificando que se trataba de `una orden del intendente`. Para justificar las detenciones le aplicaban la DAI (Detención por Averiguación de Identidad), por la que fue llevado a la comisaría 25 veces en un año, y en la mitad de esas oportunidades tenía en su poder el DNI. En varias de esas detenciones fue amenazado (incluso se le dijo que lo harían desaparecer), golpeado, humillado, y se le sustrajeron sus pertenencias. Desde este Comité se presentó una acción de habeas corpus preventivo, solicitando que cesara la persecución policial”.

Facundo Goñi es el símbolo intacto de otros que son bandera porque ya no están. A Luciano Arruga lo levantaron infinitas veces antes de su definitiva desaparición. Aquel 31 de enero de 2009 en que lo subieron a un coche policial en una esquina de Lomas del Mirador aplicaban sobre él la última y definitiva de las sanciones. Tenía apenas 17 años. Y si bien desde el 20 de noviembre de 2008, un fallo de la Suprema Corte prohibió –a partir de una resolución del juez Luis Federico Arias- que menores de edad fueran llevados a comisarías ni por contravenciones ni por averiguación de antecedentes, Luciano era conducido una y otra vez a un calabozo. La orden tácita era clara: si no aceptaba robar para la corona debía ser doblegado. Y si no era doblegado, sólo quedaba esa vieja práctica argentina 30.000 veces aplicada en dictadura, decenas de veces en democracia.

Facundo Goñi es, en definitiva, el símbolo vivo de Luciano Arruga, Walter Bulacio, Miguel Bru, Iván Torres, Daniel Solano y tantos, tantos pibes de los márgenes que –de una u otra forma- prepean al sistema.

Hay patrones de normalidad establecida y estereotipos de persecución paridos en cada tiempo histórico. Cada contexto y cada época cincela concienzudamente el target a combatir. Facundo Goñi es hoy estereotipo presente. Es el rostro patente de “los indeseables”. Anarquistas inmigrantes hacia principios del siglo pasado, subvertidores de orden injusto en los 70, pobres y marginados de los 90 en adelante.

“Todo país define a sus indeseables y a sus formas de cribarlos. A veces las señas de identidad del perseguido se redujeron a un nombre y un apellido transformados repentinamente en el estereotipo del «enemigo público», como lo fueron Severino Di Giovanni o Simón Radowitzky en Argentina, pero también se ha descargado la fuerza pública sobre minorías, chivos expiatorios o grupos acorralados por causa de sus actividades o de sus ideas. La lista de despreciados, de vejados, y de buscados vivos o muertos, es larga: el indio, el gaucho matrero, el maximalista, el judío durante la «semana trágica» de 1919, el cabecita negra y el subversivo, sin excluir a los homosexuales y los polígamos, todos ellos encarnaciones de la barbarie, el cimarronismo o las costumbres «exógenas» y que fueron recluidos en reservas o llevados a la guerra o arrojados a ergástulas o sometidos a batidas como si fueran trofeos de caza”, define Cristian Ferrer.

Es una suerte de higiene destinada a limpiar la casa de todo portador de contracorriente.

Ya lo decía perversamente Miguel Cané, ese falso propagador de juvenilias privilegiadas por el orden económico de inequidades. Había que expulsar hasta la muerte, si era necesario, a extranjeros indeseables, anarquistas, prostitutas y vagos consuetudinarios. Unos y otros constituían el más pérfido laboratorio de criminalidad. Pergeñadores de una moralidad espuria que el establishment desprecia.

Ni Facundo Goñi ni tampoco Miguel Bru, Daniel Solano o Luciano Arruga hubieran entrado en esa Juvenilia diseñada entre sus propios sueños de clase por Cané. A Facundo, Miguel, Daniel o Luciano el propio Cané les hubiera enviado la policía cuando los jóvenes del Nacional Buenos Aires salían en excursión romántica a la “quinta de los vascos” y se llevaban subrepticiamente unas sandías. Con ellos de protagonistas, no hubiera sido picardía sino vil ejemplo de hierba mala.

Esta vez, una en millón, el limpiavidrios –que seguirá limpiando vidrios y deambulando sus pasos en los márgenes- le torció por un ratito el brazo al gran pulpo.

 

Agencia de Noticias Pelota de Trapo

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