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El martirio de Marita y la justicia prostibularia

Autor: Claudia Rafael (APE)
“Yo le pido a Dios que me haga ese milagro de encontrar a mi pobrecita hija”, dijo Susana Trimarco alguna vez, hace unos seis años a esta periodista. Ya hacían cuatro que le habían arrancado a Marita de sus brazos. Por esos días acababa de desistir de viajar a Olavarría porque el mensaje había sido demasiado claro. Si viajaba desde Tucumán a buscarla en esa ciudad cementera en donde -le avisaron- la habían visto en el prostíbulo “La Morocha”, tomarían represalias con su nieta, Micaela. Susana ya había perdido demasiado y no quiso arriesgar a “la Mica”, que por entonces tenía 10.

El entramado que se desnudó en la ciudad chica era el mismo que ayer quedó expuesto en el juicio en el que absolvieron uno tras otro a cada uno de los 13 imputados. Un pulpo mafioso de infinitos tentáculos hacia la justicia, la policía, el poder económico. Con ligazones hacia el narcotráfico, la compra-venta de armas, el negocio de vidas humanas. Con vínculos estrechos hacia la muerte.

“Yo a éste lo conozco”, había dicho una de las mujeres en “La Morocha”. Ese “éste” al que señalaba por lo bajo hablando con otra compañera era un fiscal. Marita, sin embargo, ya no estaba allí. Quién sabe qué caminos la habrían empujado a emprender. En su lugar, habían rescatado a una adolescente.

Los que la buscaron, antes de irse, dijeron a esta periodista que “el análisis que hacíamos es que Olavarría es un aguantadero, un lugar de paso para esconder por un tiempo a chicas que son prostituidas cuando las cosas se ponen muy calientes en la ciudad donde las hacen trabajar”.

El país está infestado de “aguantaderos”. Donde estallan los gritos ahogados. Donde las telerañas de perversidades engullen indefensiones. El país está atestado de “aguantaderos” en los que se trafica para la corona. En donde no sólo se endiosa a la crueldad violentando las dignidades, sino que además se suman uno tras otro los pesos que prolijamente serán reservados como botín de guerra. Cada fin de semana miles y miles de pesos embocarán el camino de una comisaría, de un funcionario X, de un juzgado determinado. Cada fin de semana esos miles de pesos engordarán bolsillos, redondearán sonrisas, multiplicarán poderes. Avalarán silencios. Comprarán simpatías.

Acelerarán papelerío burocrático. Engullirán vidas. Olvidarán nombres. Marcarán pieles. Secuestrarán ternuras. Picanearán sueños. Destrozarán amores. Apadrinarán orfandades.

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Fernanda Aguirre. Florencia Pennacchi. María Soledad Morales. María Cash. Marita Verón. Magalí Giangreco. Erica Soriano. Sofía Herrera. Ramona Mercado. Graciela Cañete… Asesinadas o desaparecidas. Masacradas.

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“Mi vida era una vida normal y muy feliz con mis hijos. Con mi esposo estamos casados hace 30 años. A los 17 nos pusimos de novio y a los 21 nos casamos. Y así seguimos hasta el día de hoy. Tenemos dos hijos maravillosos. El mayor, Daniel, que ya tiene su familia formada y María de los Angeles, Marita, mi segunda hija. Yo traté en todo lo posible de criarlos y educarlos cuidándolos mucho. Los llevaba y los traía. A Marita la dejábamos en la puerta del colegio a las 7.30 y luego la buscaba mi marido. Yo estoy orgullosa de Daniel y de Marita. Yo sé que ella, con todo esto que está pasando, es una chica valiente, fuerte. Sabía muy bien lo que quería para su vida, tenía un proyecto de estudiar, trabajar y progresar en la vida. Marita estudiaba licenciatura en Arte y a la vez hacía cursos de todo tipo. Pero también tenía su hogar, su negocio, su vida sana de familia. Y nunca en la vida habíamos imaginado que existían estas cosas. Era como un sueño”, dijo Susana Trimarco a esta periodista en 2006. Cuatro años más tarde, hundido en la depresión, moriría Daniel, su marido.

“Ellos me hicieron fría”, decía ayer Susana después de escuchar la sentencia durante la que sus ojos se mantuvieron mustios. “No les voy a perdonar las lágrimas de Micaela. Las van a pagar con el cargo”, soltó.

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“Yo hace días atrás recibí una carta anónima donde me decía un funcionario judicial que no espere justicia de esta gente, porque ellos recibieron mucho dinero de los Ale para que frenen y mi hija no tenga justicia”, denunció Susana Trimarco. “El Poder Judicial de Tucumán está podrido”.

Beatríz Rojkés de Alperovich, la tercera en sucesión presidencial, la esposa del gobernador tucumano, pareció sentirse aludida, recogió el guante y dijo que “nos acusan de cosas terribles. Yo lo único que digo es que, si el gobierno es mi marido y yo, no estamos protegiendo a nadie”. Y aún más: “la prostitución existe y va a seguir existiendo. Se termina con los prostíbulos y comienzan los departamentos”.

Hace apenas un par de meses, el Centro Interdisciplinario de Estudios Culturales (CIDEC) y el Instituto para Pensar Buenos Aires (IPEBA) la conmemoraron con un premio al “compromiso social femenino”. A poco de haber culpado a los padres de una nena de 6 años asesinada en su provincia de descuidarla “por borrachos”. A poco de haber dicho a la mamá de un chico tucumano muerto por paco que “ahora, por lo menos, vas a poder dormir mejor sin tener que preocuparte porque esté en la calle”.

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Micaela cumplió hace poco 14 años. Es adulta hace demasiado tiempo. Los fantasmas del odio y de la muerte le arrancaron la infancia de una sola cuchillada. La hundieron profunda. Los fantasmas del odio y de la muerte ocuparon el olimpo, ordenaron destrucciones, exterminaron abrazo. Engulleron a Marita con el aval de cada uno de los perpetradores del poder que siempre, sistemática y cruelmente, sacuden todo atisbo de felicidad. La dejaron a Micaela sin mamá. Acribillaron de mil balazos la maternidad de Susana y a la vez se la multiplicaron en cada una de esas mujeres niñas que fue rescatando.

Patria nuestra que estás en la sangre, escribía Gelman. Ríos enteros le fueron derramados. Riegan esta tierra y la tiñen de rojo en cada gesto. En cada palabra. En cada muerte. En cada sentencia.

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