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La muerte de Lila Coyipé y la nube de venenos

Autor: Silvana Melo

Mientras el Gobierno y los grandes medios contaban las costillas movilizadas el 10 de diciembre, Lila Coyipé se moría y nadie publicaba su obituario. Tenía apenas once meses y el auto de un gendarme la hizo rebotar al cielo el día de los Derechos Humanos. Fue en la ruta 86 en Formosa.

1200 kilómetros al sur, cuando a Lila Coyipé la sepultaban junto con su abuela, la discusión transitaba otras rutas. Que no era la 86, donde dos años atrás Ricardo Coyipé resistía la represión en La Primavera y asesinaban a Roberto López.

Cerca del obelisco la discusión transitaba otras rutas. La Plaza de Mayo sucia, con los residuos de la celebración. La cautelar de Clarín. La Justicia en pie de guerra. La disputa en el escenario del mundo, en el Olimpo de los poderosos. Tan pero tan lejos del gentío muerto de calor, sin luz ni agua, tan pero tan lejos de los pueblos envenenados y del insecticida fatal que asomó tímidamente en el ombligo del mundo pero lo tapó la lluvia y el 7D, tan pero tan lejos del grito qom, del no se dan cuenta de que nos matan sistemáticamente, de la extraña casuística en la accidentología uniformados contra qoms, de la muerte de Mario López (bajo las ruedas de un policía de Formosa), de la extraña caída de la moto que mató a Mártires López, de la embestida de una camioneta contra Félix Díaz, de la patada en la espalda de Ricardo Coyipé cuando el gendarme se bajó del auto y Celestina Jara ya estaba muerta y a Lila el fueguito ya se le apagaba. Y no era para ayudar que se bajó.

“Fue a propósito. Nos arrastró como 100 metros la moto. Mi esposa murió al instante, le había destrozado el espinazo, las costillas. Tiró a la nenita para arriba y volvió a caer sobre el vidrio del auto. El vidrio le cortó la cabeza. Yo estaba tendido en el suelo y procuré levantarme. El tipo abrió su puerta y pensé que me iba a auxiliar. Pero llegó y me dio una trompada y me pateó en el estómago, en la espalda. Se encimó la familia que venía con él, todos son canas”, relató Coyipé. Que está imputado judicialmente por el día terrible de noviembre de 2010. Cuando la policía los desalojó a palos y balas, les quemó las casas y los apiló en calabozos.

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El agua se llevó el olor, la nube y los titulares catástrofe. El diluvio, Belgrano bajo agua, el conurbano sitiado. Y el 7D que no fue. La instalación mediática cubrió con un manto piadoso la foto de Sergio Berni equipado como para la guerra bacteriológica pero anunciando alegremente que estaba todo bien. La instalación mediática fue funcional al desvanecimiento del Thiodicarb disparado al cielo por la combustión de un container en Puerto Madero. Una caja enorme que nadie sabía lo que contenía, que venía desde la China y que un día explotó y trajo a las zonas más exclusivas de la ciudad una partícula del aire que se respira en los pueblos fumigados, aledaños a las plantaciones y las comunidades que han visto crecer exponencialmente casos de cáncer y leucemia a partir del glifosato y el endosulfán que les cae en la piel y el aire.

Pero por suerte vino el agua y la cautelar de Clarín y se pudo esquivar el veneno tabú en el reino de las multinacionales productoras de semillas de transgénesis, que cimentan el modelo agroexportador y la economía de los grandes medios con su generosidad publicitaria. Los mismos que mencionaron tangencialmente el juicio a los fumigadores del barrio Ituzaingó se espantaron por lo que llamaron “nube tóxica” en capital. Que era un pesticida como el que mató a varios niños en los tomatales correntinos de Lavalle. O que malforma a los chicos misioneros que crecen cerca de las tabacaleras. Y que como son campesinos, pobres y viven a 1500 kilómetros del obelisco, no son más que daños colaterales del modelo.

El Thiodicarb es cancerígeno. Más peligroso que el glifosato. Está prohibido por la Unión Europea. Se respiró en Puerto Madero y en Retiro. Y ya nadie se pregunta por qué, cómo ni hasta dónde.
Pero el veneno acecha. Aun en el territorio del privilegio.

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Lila Coyipé, nieta de Ricardo y Celestina, ya se codea con los espíritus de la selva, entre patos y charatas. Feliz, en un mundo que debió haber conocido aquí. Para el que no fuera imprescindible la muerte. Un mundo sin veneno, sin hambre, sin esa sed que quema hasta la nuca.
Un mundo que permita ser felices.
Sin que se mueran niños por jugar con barro. Por respirar. O porque los mata la policía.

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