MARITA-VERON-VICTIMA-TRATA-PERSONAS_IECIMA20121030_0067_7

Marita Verón y la asamblea del año XIII

Somos lo que soñamos.

Aquello que hagamos para convertir en realidad nuestros proyectos.

La Argentina es el sueño colectivo inconcluso nacido en mayo de 1810.

Que en el trono de la vida cotidiana esté la noble igualdad.

A treinta años de la recuperación de la democracia y a doscientos años de la Asamblea del Año XIII es fundamental preguntarse a qué distancia estamos de aquello que queríamos ser.

Corría 1812 y el triunfo en Tucumán, batalla prohibida por la burguesía porteña en relaciones carnales con Gran Bretaña, abría la posibilidad de hacer realidad la palabra que enamoraba a los revolucionarios, la igualdad. El desobediente líder de masas, Manuel Belgrano, había repartido tierras en los pueblos misioneros y otorgado libertad y ciudadanía a los pueblos originarios y los gauchos que hasta ese momento no servían más que para obedecer a los grandes hacendados del noroeste. Ninguno de estos hechos le serían perdonados: moriría condenado a la pobreza aquel 20 de junio de 1820. La constitución social misionera de 1810 y el fuero gaucho jamás serían enseñados en las escuelas. Pero en aquel 1812, Belgrano era la expresión individual más radicalizada del sueño colectivo parido en mayo de 1810.

Sus banderas: democratización de la tierra, respeto por los pueblos originarios, jerarquización de la mujer y desarrollo del mercado interno antes de vincularse con el extranjero, eran enarboladas por las masas que lo acompañaron en el éxodo jujeño y que sangraron con él en Tucumán y Salta.

En esos días finales de 1812, el puerto de Buenos Aires cobraba más caro todo aquello que era consumido por las mayorías y regalaba la producción a los ingleses. El 8 de octubre de aquel año, el recién llegado José de San Martín sacaba a sus granaderos del Retiro y producía un piquete histórico que desbarrancó al primer triunvirato. Asumían Juan José Paso, Alvarez Jonte y Rodríguez Peña, la titularidad del segundo triunvirato.

Fueron los convocantes a la llamada Asamblea General Constituyente del Año 1813, con la idea de agrupar a los referentes de los “pueblos recién emancipados y que se definiese el sistema institucional de las Provincias Unidas. Aunque no logró contar con algunos representantes del interior, esta Asamblea se inauguró el 31 de enero de 1813. El propósito era proclamar la independencia y redactar la constitución del nuevo estado”, coinciden los historiadores oficiales.

Las conocidas resoluciones fueron el establecimiento del escudo nacional, la composición del himno, la libertad de vientres de las esclavas, la eliminación de los mayorazgos y los títulos de nobleza, el no pago de los tributos de parte de los pueblos originarios, la acuñación de la primera moneda nacional –esa que subsiste en la moneda de un peso en la vida cotidiana los argentinos del tercer milenio-, la abolición de la inquisición y la tortura, la finalización del tráfico de esclavos y la constitución de un directorio en reemplazo del triunvirato.

Cuando la Argentina recuerde a finales de enero de 2013 el bicentenario de aquella asamblea que decretó el fin de la esclavitud, el cuerpo de Marita Verón marcará la necesidad de retomar en serio esos mandatos.

Según la Fundación La Alameda hoy existen en la geografía nacional nada menos que 8 mil prostíbulos y casi 65 mil esclavas sexuales, la mayoría de ellas menores de dieciocho años.

Una realidad que solamente es posible por la convivencia entre mafias provinciales y nacionales que tienen acuerdos históricos con distintos nichos estatales que permiten la vigencia de esas cajas negras, su reciclaje y la permanente burla a los ideales planteados en la asamblea originaria.

Redes de traficantes que facturan y acumulan dinero para delincuentes de guante blanco en cada punto del mapa enorme de la Argentina.

Doscientos años después de la asamblea del año 13, el caso de Marita Verón y el destino de por lo menos 65 mil argentinas esclavizadas ponen de manifiesto la urgencia existencial de generar nuevas asambleas que alumbren, de una buena vez, una nueva y gloriosa nación sobre la faz de la Tierra.

Comentar