Michoacán: Fe en tiempos difíciles

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En Michoacán es la iglesia de San Diego, el templo y santuario de La Virgen de Guadalupe donde la devoción adquiere escalas y connotaciones propias; es el lugar en que las experiencias de vida afloran y donde año con año se pagan las mandas por los milagros recibidos.

En este escenario, cada 12 de diciembre la devoción adquiere distintos matices; es ahí en tiempo y espacio, la cita para miles de feligreses y sus muestras más simples o desgarradoras de fe. Unos, acuden descalzos en caminata tras varias horas de trayecto, otros prefieren llegar al templo de rodillas o simplemente presentarse ante el altar ataviados de la Virgen de Guadalupe y San Diego.

No obstante, el edificio virreinal y sus inmediaciones permite que convivan las emociones de los creyentes, las imágenes y los símbolos religiosos, con la vestimenta indígena y el comercio informal como puestos de tacos, ropa, santería y juegos mecánicos.

Más allá de la mera tradición o el hecho que une a miles de mexicanos en una sola creencia religiosa; destacan las historias, las razones y los contextos. Ahí, es cuando la fe se engrandece y los actos de devoción adquieren sentido.

Además son historias de vida, de lucha y de esperanza; contextos en los que la fe es indispensable, para creer que un migrante en Estados Unidos, haya podido sortear por un año más la discriminación y la condición de indocumentado que asume en un país ajeno, o bien, que algún familiar haya superado la enfermedad y otros más el riesgo a la muerte por un secuestro.

Aunque no todos agradecen por haber sido bendecidos, como Alejandro Gutiérrez, sus lágrimas en el rostro delataban un sufrimiento mayúsculo al del suplicio de ir de rodillas hasta el altar, llevaba a su hijo de sólo unos meses en brazos y vestía de manta.

Desde el inicio de la calzada empedrada hasta el altar de la iglesia, el joven de 26 años no dejó de llorar; algunos solidarios con el fin de hacer más breve su dolor, le tendían unas mantas para que soportara los últimos metros antes de entrar a la iglesia. Frente al altar estalló en llanto.

En julio de este año él y su esposa, tras un complicado embarazo, esperaban a su hijo. El parto se había previsto difícil, “le pedí a la virgen que me hiciera el milagro y me dejara tener a mi hijo. Y está aquí, muy sano, muy grandote; él es un milagro, pero mi esposa desgraciadamente falleció”, detalló entre sollozos.

Doña Guadalupe y su hermana Sandra López también acudieron juntas a agradecer un milagro que les “concedió la morenita”. Vestidas de faldas largas a tablas, blusa bordada y trenzas de estambre, ambas dieron gracias en el altar porque el esposo de doña Sandra fue secuestrado en Ario de Rosales en febrero pasado.

“Le rezamos mucho a la virgencita, le pedimos que si nos daba a nuestro familiar vivo de esas personas malvadas, íbamos a venir a darle las agracias y sí nos hizo el milagro, por eso aquí estamos”, aseveraron.

Así, también se enfilan en la peregrinación los que agradecen por una enfermedad superada, como Julio Cortés que prometió por su hija cuatro años de manda, que le significa caminar al menos tres horas a la iglesia y entrar desde la calzada de rodillas, se dice satisfecho. Aun le faltan dos años para finiquitar su promesa con la virgen.

La señora Leticia visita desde hace tres años a la Virgen de Guadalupeƒ, la causa es ante este ambiente de inseguridad pedirle por su hijo, “mi hijo es policía, y así como vivimos en este estado pues le pido a la morenita que me lo cuide mucho, porque está muy joven, tiene 32 años.

“Haga de cuenta que como mamá cada día que se va a trabajar me quedo con el Jesús en la boca, pienso que un día no va a regresar. Pero es mucha la fe y confió que la virgen siempre me lo va a cuidar”, señaló.

Así es como se abrían paso los peregrinos de todas las edades y clases sociales ante la imagen de la Virgen de Guadalupe y además quienes acudieron este 12 de diciembre para agradecer y en otros casos para solicitar milagros; todos ellos en un contexto en el que hace falta “vivir con esperanza” como explicó el sacerdote que ofició la misa, “pues estamos, en una entidad en la que hace falta mucha fe para creer que se pueda lograr volver a vivir en paz”.

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