Porno de venganza

Foto: Placerintenso.es

“¿Qué te parece si me mandas una foto *emoji de ojos de corazón*?”. Muchos hemos leído esta frase en conversaciones que tenemos por Whatsapp con aquel o aquella que nos arrebata suspiros y a quien desearíamos poner a brincar en nuestro colchón. Queremos prender la mecha, obvio, y accedemos a ese intercambio de fotos clasificación C.

Aquí no habría mayor problema si ambos están de acuerdo en enviar y recibir estos mensajes, pero sobre todo, si se consideran ciertos aspectos, como:

  1. Jamás revelar tu cara. Está de más decir que esto podría ser utilizado como botín de guerra ante una ruptura.
  2. No mostrar detalles del lugar donde te encuentras: como por ejemplo, la foto de tu abuelita en la pared.
  3. No enviar fotos de tatuajes, lunares, marcas de nacimiento o señas características que cualquiera podría identificar como tuyas.
  4. Cambia tu foto de perfil en Whatsapp o cualquier medio que utilices para enviar las fotos: quizás las fotos no tienen ninguna de las tres cuestiones anteriores, pero tu Whatsapp tiene tu foto de perfil y es ahí donde el cochino tuerce el rabo. Por ello, lo mejor es que pongas algo que no te caracterice, como un árbol, una flor o un perro que descargaste de internet.

Es decir, se vale el sexting, siempre y cuando no se comprometa tu identidad. ¿Por qué? Porque son fotografías o videos privados que podrían ser revelados con el objeto de causarte daño. Cuando esto sucede, se da algo mejor conocido como “porno de venganza”.

¿CÓMO? ¿ACASO ES UNA NUEVA CATEGORÍA DEL PORNO?

No, de hecho está tipificado como delito en muchos países. El porno de venganza se da cuando una persona sube esas imágenes o videos a internet, sin el consentimiento de la persona que se encuentra al otro lado del lente. Algunos suelen acompañar este material con los datos reales de las víctimas, hecho que desemboca en un acoso irrefrenable o hasta consecuencias más graves como el suicidio.

Sí, así de delicado es esto. Según una encuesta realizada en México a 10 mil estudiantes por la Alianza de Seguridad en Internet en 2013, citada en la revista Nexos, “el 36.7 por ciento de ellos admitió conocer a alguien que ha enviado imágenes de desnudo o semi-desnudo por Internet”. Otro análisis más reciente, publicado a finales de febrero en la revista JAMA Pediatrics, revela que “un número considerable de jóvenes menores de 18 años participan o han participado en prácticas de sexting en algún momento; en concreto uno de cada siete (15%) enviando material sensible y uno de cada cuatro (27%), recibiéndolo”.

Es decir, no son pocos los que lo han hecho. Pero, se preguntarán, ¿acaso ya nunca podré enviar fotos así a mi novio/a? Simplemente hay que evitar cometer errores para que esto no sea la caja de Pandora y se convierta en una catástrofe.

Y, algo fundamental, más allá de tratar de evitar esto: educarnos en ello. Las fotos privadas no son objetos de chantaje; una vez que se distribuye, es muy difícil controlar su destino. Es momento de evitar estas prácticas y respetar la privacidad de los autores de este material. No se trata de evitar prender la llama del amor, sino de construir un mundo donde dejemos de generar discursos de odio contra la intimidad de las personas.

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