El Laboratorio de la Máscara celebra la paradoja de un objeto enigmático; la Máscara. Amuleto que brinda la posibilidad de un teatro cuya poética vincula las raíces culturales con la realidad social.

Con su propuesta artística y académica se presenta en espacios teatrales convencionales y alternativos: museos, plazas, fuentes, parques y barrios. “Rostro y corazón en movimiento”, así lo define Alicia Martínez Álvarez, directora de la compañía.

La experiencia filosófica de la máscara y su sentido en la ficción descansan en su función de separar de la vida cotidiana a quien la lleva, con lo que le permite tanto cubrirse como descubrir.

Decir que la persona es una máscara es saber que el proceso por el cual el rostro llega a reflejar la identidad, es un proceso ambiguo, porque enmascara cuanto se declina asumir como parte de la propia definición.

“La máscara es un gran cómplice, oculta tu rostro. Pero al ocultar abre y revela. La máscara da una libertad, te protege y permite abrirte”.

La máscara ha acompañado a la humanidad en toda su búsqueda, antes de que empezara a sembrar, el hombre ya hacía mascaras. Con la máscara siempre hemos buscado transformarnos.

Cada máscara tiene una personalidad, no solamente las que se montan en escena, las piezas ornamentales o religiosa, también poseen una identidad que dota de propiedades únicas a quien la porta.

 

Cuando se cubre el rostro, el actor vive de otra manera, su cuerpo se comporta diferente, no recurre a sus expresiones faciales, usa el resto de si.

Todas y cada una de las máscaras cuentan una historia, pues buscar un rostro implica una exploración artística que enmarca la complejidad de una expresión en un objeto.

 


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Ricardo García