Una noche de Julio, México se cimbró con el suspiro de más de 30 millones de ciudadanos que, esperaban lo que creían imposible, ver a Andrés Manuel López Obrador como Presidente de México.

Gente de todas las edades, creyó una vez más en la democracia y puso su esperanza en un hombre, el cuál ahora dirige el país.

Se dice que los ojos son el espejo del alma. Pero el rostro, en su compleja composición no puede ocultar nada al ojo que busca.

Llenos de felicidad, de asombro, el 1 de diciembre, México se volvió una fiesta, no había cabida para el disimulo, la alegría se veía en cada esquina.

Niños, hombres, mujeres, jóvenes, personas mayores, Andrés Manuel pudo conjugar la alegría de todos.

El llanto también es señal de felicidad, solo basta con mirar a detalle a quien carga con las lágrimas.

Pocos han visto tantas emociones emanadas de la política.

En un país como este, la política casi siempre trae consigo, decepciones y enojos. El día que Andrés Manuel tomo las riendas de México, fue diferente.


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Ricardo García