En el palpitante corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, se encuentra un lugar único en su tipo. Una pizarra a gises pasteles anuncia que se trata de La Casa del Cine; un recinto del que todo chilango puede sentirse orgulloso.

Se trata, sin exagerar, de un oasis de sosiego en medio del siempre intenso ajetreo citadino.

Desde que uno va subiendo las escaleras, el ambiente es fácilmente perceptible: es un sitio para disfrutar. Se trata de un paraíso cinéfilo; además de las dos salas, cuenta con una biblioteca especializada, una videoteca y un aula donde se imparten cursos de creación cinematográfica. En esta década, se ha ganado en un honroso punto de referencia donde confluyen quienes aman el séptimo arte.

Para Revolución TRESPUNTOCERO, charlamos con Carlos Sosa, director del proyecto, quien nos cuenta cómo nació esta proyecto.

“La Casa del Cine surgió en 2010, éramos tres socios en un principio. Surgió con las ganas de democratizar la cultura audiovisual. Y es que sólo un pequeño grupo de la población tiene acceso a al cine de calidad. La cultura se vuelve un objeto de lujo; sólo ciertas personas tienen acceso a ella”, nos narra.

 

Además, para la Casa del Cine la proyección de las gran y valiosa oferta fílmica mundial es fundamental. En las salas comerciales el cine de arte tiene tiempos muy cortos de  exposición, lo que dificulta que los espectadores tengan acceso a él. Gracias a esa increíble labor, el lugar ha ganado cada vez más adeptos.

 

 

“De 2011 a 2012 tuvimos como 2 600 espectadores. Este último año cerramos con más de 28 mil espectadores”, nos cuenta.

 

 

Estar en el Centro Histórico implica coexistir, dice. Pero cuando eso se entiende, es un fenómeno sorprendente; puede haber un clarinetista afuera tocaondo a todo pulmón y dentro la proyección de una película de arte.

Asisten lo mismo especialistas del mundo del cine, como gente de provincia o comerciantes de las afueras de la Ciudad.

Siendo como lo es, un especialista en el consumo de cine en nuestro país, tocamos con Carlos un tema fundamental: el mito sobre que en México, no se consume cine de arte, sino sólo de fácil digestión.

 

Ante el cuestionamiento, surgió la reflexión:

“No es que a los mexicanos les guste el mal cine; es que es lo que las grandes industrias ofrecen. Las grandes cadenas ya tienen un público bien establecido al que llegan y que saben qué consumirán!.

“Haciendo cuentas, un mexicano promedio tiene que trabajar una semana completa para llevar a su familia a ver una película a un cine comercial. Es decir, detrás de ello, hay un enorme esfuerzo”, reflexiona Sosa.

Pero recintos como la Casa del Cine, donde se busca dar una oferta de calidad, respalda la creencia sobre que no es que los mexicanos no consumen mal cine, sino que no hay dónde lo vean.

 

 

 

 

 

 

 

“Es como si en México sólo se vendieran tacos. Imaginemos que hay 6 mil puestos de tacos al pastor y 8 puestos de tacos de carnitas. Y te dicen ‘no hay gente que quiere ir a comer tacos de carnitas’. No es que no quieran, es que no hay. Así pasa con el cine de arte; no es que haya quien quiera verlo, es que son pocos los lugares que lo ofrecen”.

 

Más allá de decir que crecimos viendo contenido chatarra. No es sólo ese el problema. Somos el cuarto país que más vende boletos para ir al cine. No hay espacios. Pese a que somos de los países con el ticket más barato, nuestro salario mínimo no corresponde con lo que hay que pagar. En Estados Unidos, por ejemplo, menos de una jornada de trabajo alcanza para llevar a toda la familia al cine, en México, el precio es de 55 pesos aproximadamente, y, hasta hace poco, el salario mínimo no superaba ni los 100 pesos”.

Haciendo cuentas, reflexiona Sosa, cerca de 14 mil personas al año ven cine nacional en recintos como este. Tomando en cuanta que se trata sólo dos salas de 17 y 43 personas. En contratarte, 20 millones de boletos que ven cine nacional con 6 500 salas comerciales. Es decir, donde se tiene capacidad de 120 personas. Si estas pequeñas salas se replicaran o en los cines comerciales esta oferta realmente se extendiera al público, los espectadores de arte nacional sería multuiplicado potencialmente.

Sin lugar a dudas, La Casa del Cine es uno de los espacios fundamentales para la cultura no sólo de la Ciudad, sino de el país entero. La dinámica cambia tanto como sus visitantes. A veces más largas, a veces pequeñas, las filas muestran a cinéfilos expectantes sobre lo que verán.

Mucho más allá de las estadísticas, este lugar es la prueba fehaciente de que los mexicanos amamos el buen cine tanto como los lugares que se esfuerzan por ofrecérnoslo.

Es un lugar amable que, quien se diga amante de la Ciudad, no puede perderse de ver.


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Carolina Romero