(28 de abril, 2019. Revolución TRESPUNTOCERO).- Tras quince años de encierro, Aurelio Blanco sale de la prisión donde ingresó acusado del fraude de Olinka, un fraccionamiento de lujo levantado gracias a negocios turbios y despojos de tierras comunales.

Por lealtad a los Flores, su familia política, Blanco asumió la culpa con la promesa de que saldría pronto, pero fue abandonado a su suerte. Ahora, en libertad, quiere recuperar lo que le fue arrebatado: un hogar, una hija, una vida.

Olinka (Seix Barral, 2019) aborda la crisis de un clan empresarial de Guadalajara, capital y paraíso del lavado de dinero. Allí, los Flores construyeron su urbanización inspirándose en una vieja idea del Dr. Atl, quien soñaba erigir una ciudad para científicos y artistas. Pero la realidad mexicana convierte las utopías en burlas sangrientas y la multiplicación de proyectos inmobiliarios es uno de los claros signos de la corrupción reinante.

Antonio Ortuño, uno de los mejores narradores hispanoamericanos de su generación, explora en esta novela un problema incontenible: la gentrificación y el papel del dinero sucio en ella. Y lo hace con una prosa implacable, que desnuda a cada personaje y disecciona el caos de las urbes contemporáneas.

El autor señala a Revolución TRESPUNTOCERO que la narrativa no necesariamente refleja o representa linealmente la realidad de Guadalajara, sino que puede y sabe entrar en conflicto con ella: ponerle una lupa o condensarla o sintetizarla o desnudarla para que sea más expresiva y se revele de otros modos. 

“La narrativa no puede leerse como si se leyera periodismo o sociología porque explora otros terrenos, aunque también sean reales”, asegura.

La trama usa como elementos la situación ilegal de inmobiliarias, corrupción, poder, incluso se habla de la realidad de los campesinos. Sobre esto el autor decide crear una novela con estos temas porque señala nadie lo había hecho cerca de mí, en geografía y tiempo, supongo. Porque el municipio donde nací y crecí es la capital mexicana del lavado de dinero. 

“He vivido más de cuarenta años en mi ciudad y mi país y la experiencia, el lenguaje, la manera del ver al mundo que tengo viene de mis desacuerdos profundos con las salvajadas que pasan en México, sí, pero también de una observación más sutil, que un narrador debe hacer, y que baja de las grandes controversias sociales a los individuos, a lo que sucede en la intimidad de las familias, como en Olinka”.

Al preguntarle al autor qué significa para él la vida y obra del Dr. Atl, comenta que “además de un artista genial, es un personaje muy sugestivo. Tiene sus lados difíciles de entender para mí, como su deriva hacia ideas casi fascistas, pero a la vez conserva el atractivo de alguien que buscó a toda costa desmarcarse de las tendencias a su alrededor y pensar por sí mismo, aunque haya fracasado en ello. 

“Su proyecto utópico de una ciudad para artistas y científicos fue una idea nobilísima, que en la novela es convertida, por la vida real mexicana, en una parodia terrible de lo que Atl concibió”.

Ortuño habla del personaje principal de su novela, Aurelio Blanco, quien representa, indica, al clasemediero aspiracional que haría lo que fuera por formar parte de la clase que manda. Pero también al mexicano que necesita una identidad y un credo, que él encuentra en su lealtad a la familia Flores, pero que otros hayan en militancias irreflexivas, por ejemplo.

Durante la entrevista, se le pregunta al autor ¿Cuáles son las principales carencias de la clase media-alta en México y cuáles han sido las consecuencias de éstas?

“Escrúpulos y cultura. Sin escrúpulos, tirados por la ambición, los que buscan el ascenso social en México son capaces de lo que sea. Y sin una base cultural que permita entender la vida como una posibilidad de conocer y entender cosas distintas a las que nos inculcan por default, no hay más horizonte que el consumo, la competencia y la supervivencia casi irracional”, afirma.

Al retomar el tema de la utopía  del Dr. Alt en la actualidad, explica que en México, hoy día, cualquier idea utópica no es un ideal sino directamente una quimera. México es un país totalmente distópico.

Las inmobiliarias, en la actualidad, han generado a nivel nacional graves problemas, una problemática que conoce el autor por lo que indica que tienen la peor opinión de las inmobiliarias, las mineras y las comercializadoras y todas las empresas que practican esa curiosa versión de economía de mercado que vivimos, en la que no hay controles, ni límites, ni importa nada más que la rentabilidad extrema.

Olinka también presenta en un escenario de la trama a una prensa corrupta pero en la realidad comenta el autor, no considera que este tipo de periodismo predomine. Esa es una idea de una simpleza tremenda, señala. 

“Hay prensa cuyos directivos se agrupan en torno a ciertos intereses, por supuesto, y prensa con un discurso militante (la hay de muchos colores ideológicos). Y ni una ni otra se parecen a la prensa crítica y libre que a muchos nos gustaría. 

“Pero aún hay muchos periodistas que ejercen ese tipo de prensa, tanto en la independencia como en tensión con sus propios directivos. Hacer una tabla rasa y condenar a todos es no darse cuenta del esfuerzo de los periodistas por mantenerse congruentes y, en suma, no entender el oficio”.

“No quiero repetirme”, asevera Ortuño. “En algunos de mis primeros libros había un cierto tono común que me interesaba trabajar, una suerte de voz distintiva. Pero hace años que decidí muy conscientemente buscar otras cosas. 

“Trabajo cada libro para explorar un terreno diferente y encontrar modos distintos de escribir. Algo quedará en común, claro, porque uno tiene ideas, temas, posturas que siempre están ahí. Pero no quiero llegar al momento en que alguien sepa qué esperar exactamente de un libro mío. Apuesto por sorprender en alguna medida a los que me leen. Respeto muchísimo a los lectores”.

Antonio Ortuño presenta a Olinka como una novela que aborda aspectos oscuros de la vida familiar y pública mexicana con un lenguaje que confronta y se burla un poco de las ideas preconcebidas que sostiene cierta clase media y cierta seudo aristocracia. Pero no es solo un juego verbal: es una novela dura, “me gusta pensar que es una suerte de thriller evolucionado o mutante”.


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Alfredo Acosta