Ferrocarriles: Un sueño a la mitad de la nada

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Por Gibran Mena

Fotos: Gustavo Aguado

Sobre los durmientes de las vías, en Estación Tepa, no crece la hierba, pero la vida bulle a su alrededor. Es la década de los 60. Nada crece porque el acero de 128 ruedas en revolución de 50 kilómetros por hora es la podadora más eficaz.

La estación es el corazón de la actividad textilera, carbonera y energética de la región. Las vías son sus arterias. Maquinistas, tranvieros, campesinos que ofrecen sus productos, restaurantes y hasta centros de dudosa licitud viven de ellas.

Estación Tepa es una de las 30 estaciones de pasajeros de ferrocarril entre México y Veracruz.

A 590 kilómetros de distancia, Javier Jiménez Espriú, ingeniero recientemente titulado, duerme en una de las camas de los cuatro vagones de un tren de pasajeros que se dirige a Guadalajara.

“Por la mañana despertamos, estaba el tren parado. Nos bañamos. Resulta que en toda la noche no habíamos caminado nada”, narra, en entrevista Espriú, especialista en ingeniería ferroviaria.

50 años después, Espriú integraría un estudio de viabilidad de la rehabilitación de una red completa de más de 20 mil kilómetros para trenes de pasajeros. Fue un sueño como el que tuvo esa noche, en el tren parado, un sueño a la mitad de la nada.

“Después se habló –en la década de los 80– de empezar a meter locomotoras poderosas para tener trenes de lo que se llamó en ese momento de alta velocidad. Se habla incluso de uno a Querétaro. Llegan al extremo de comprarse 30 locomotras que duermen el sueño de los jutos.

“Tras otros 20 años se arrancan algunas en un tren de alta velocidad que ya no era de alta velocidad. Había pasado de 30 kilómetros por hora a 50. En fin, hay un abandono de la red nacional”.

Durante el sexenio de Ernesto Zedillo comenzó el proceso de desincorporación de Ferrocarriles Nacionales de México, organismo público descentralizado que Porfirio Díaz había integrado en una sola red que hoy día conecta, incluso, con vías férreas en Estados Unidos y Canadá.

Los trenes que llevaron armas y tropas tanto de Villa como de Carranza, y cuyos rieles muchas veces la misma Revolución voló, se herrumbran en museos.

Desde 1920, a los 20 mil kilómetros de vías férreas se han sumado apenas otros 3 mil.

Hoy, sobre aquellos durmientes del riel en la estación Tepa, abandonada como el pueblo entero, crece la hierba, pero de lo demás no queda más que desviadores rotos y herrumbrados.

“Cuando se toma una decisión como la que se tomó, (no invertir en infraestructura férrea) o se deja de tomar, las consecuencias son ésas. Hay pueblos fantasma”.

Las arterias ferroviarias hoy están trozadas entre cuatro empresas y sus asociados en Estados Unidos, entre ellas Kansas City Southern, Grupo Ferroviario Mexicano, Ferrorusr S.A. de C.V. y la línea Coahuila-Durango.

México, asegura Espriú, ha dejado pasar la oportunidad de generar inversión pública y privada en los trenes de pasajeros y de carga de México, que renueve y regenere las conexiones que permitan reintegrarse a Canadá y Estados Unidos. Todo sigue en un sueño.

 

 

 

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