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sábado, septiembre 18, 2021
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La caída que despertó a un país de su sueño: Golpe de Estado en Bolivia

1

“Soñé que comenzó a salir el sol, lindo, y una línea de nube apareció, avanzaba el sol y se entró y otra vez volvió a aparecer, saliendo de entre las nubes. Ahí desperté, estaba contento y muy feliz por mi sueño, sentía que era de buen augurio”. Así narra Evo Morales su madrugada de un lejano 22 de enero de 2006, horas antes de asumir como presidente de Bolivia, sin imaginar que aquel buen presagio tenía fecha de caducidad del 10 de noviembre de 2019, cuando, por presiones de grupos opositores que incentivaron un clima de violencia cada vez más cercano a una guerra civil y ante la amenaza pública en forma de “sugerencia” de las Fuerzas Armadas, se vería obligado a dejar el cargo, ocultarse en las selvas del Chapare y esperar algún milagro que le salvara la vida.

“¡Evo acaba de renunciar!”, gritó, bañada en lágrimas desde la habitación, la chica boliviana de la que me había enamorado hace unos años. Yo estaba al teléfono, hablando con F, diputado del MAS que me preguntaba qué novedades, qué podía pasar, cuál era el marco legal, en un país que estaba literalmente incendiado por la tensión entre dos verdades irreconciliables: la de la continuidad de un proceso que había sacado a millones de personas de la pobreza y la que exigía con todo el odio posible un cambio abrupto, no importa si ese cambio implicaba un retroceso de casi 14 años.

—¡No sé, tú deberías decirme a mí! —le respondí a ese legislador aymara que se había vuelto mi amigo hace unos meses.

—¿Crees que renuncie el Evo?

—No sé… pero parece como si no hubiera otro camino.

—No se van a calmar las cosas, ¿verdad? 

—Es eso, o que haya muertos como en el 2003.

—Pero si renuncia, asume el Álvaro, ¿no?

—No lo van a dejar.

—Entonces la Adriana.

—Tampoco, esto ya está fuera de control. No van a dejar que asuma nadie del MAS.

Adriana Salvatierra era la presidenta del Senado, con apenas 30 años de edad, y la tercera en la línea de sucesión constitucional. Si faltaba el presidente y el vicepresidente, le tocaba asumir como jefa del Ejecutivo. Unos meses atrás, en la víspera del regreso de Evo desde Argentina —donde asistió a la cumbre del Mercosur—, Álvaro García Linera salió hacia México para participar en un foro internacional, por lo que Adriana asumió de manera interina y fue presidenta de Bolivia durante cinco horas. Probablemente los trescientos minutos más largos de su vida, trescientos minutos en los que no logró conciliar el sueño, o si lo hizo, habrá soñado con su nombre plasmado en los libros de alguna época futura, identificándola como la mandataria mujer más joven de la historia.

Ella era de las pocas masistas con cargo importante que aún no había renunciado. Muchos otros habían hecho públicas sus dimisiones, ya sea en cadenas de televisión nacional o en las redes sociales, luego que grupos de manifestantes —con pinta y modo de actuar más similar al de paramilitares— hayan saqueado e incendiado sus casas, los hayan amenazado o incluso secuestrado a sus familiares o a ellos mismos.

—¡Uta, qué grave, hermano! —me decía F, a quien conocí por hacerle una entrevista para un medio digital y en ocasiones me invitaba a su oficina para analizar la coyuntura con su equipo.

—¿Tú cómo estás? ¿Crees que vayan por ti?

—No sé, ¿crees que me quieran sacar la mugre?

—No sé, están atacando a todos los masistas —había muchos “no sé” en esos días y sobre todo en esas últimas horas.

—Pues vivo en un departamento, está más difícil que sepan en qué piso vivo…

—Avísame si necesitas algo —le ofrecí, recordando que tenía un hijo pequeño en casa.

Una de las primeras víctimas de estos atentados había sido Patricia Arce, alcaldesa de Vinto, en el departamento de Cochabamba, quien fue secuestrada por un grupo autodenominado Resistencia Cochala que entró a las instalaciones de la presidencia municipal con intención de prenderles fuego. Arce fue arrastrada hasta la calle, donde le cortaron el cabello y la obligaron a caminar descalza mientras la insultaban y la bañaban en pintura roja. Puesta en una tarima, a modo de trofeo, la obligaron a “pedir perdón” solo por ser partidaria de Evo Morales; como hicieron grupos racistas en 2008, que se oponían a que unos indios reescribieran la Constitución. La tortura duró más de cuatro horas, hasta que fue rescatada por la policía en el puente de Huayculi, en el municipio de Quillacollo. Entre lágrimas que al recorrer su facciones se teñían del rojo de la pintura, dijo a los medios: “No tengo miedo por decir mi verdad. Y estoy en un país libre y no voy a callar… y si quieren matarme, que me maten. Por este proceso de cambio voy a dar mi vida”.

Muchos de estos ataques fueron fomentados por declaraciones de Luis Fernando Camacho, dirigente del Comité Cívico Pro Santa Cruz, que, respaldando al candidato presidencial Carlos Mesa Gisbert —quien obtuvo el segundo lugar en los comicios— y a otros representantes de la oposición, llamó a desconocer los resultados electorales del pasado 20 de octubre y a movilizarse. El líder cívico pronto se ganó el mote de Facho Camacho por parte de los evistas, sobre todo después de convocar a hacer listas para identificar a militantes del MAS-IPSP, “como hacía Pablo Escobar con los traidores”, incitando a una cacería de brujas al estilo nazi. Poco a poco comenzaron a aparecer en algunas casas grafitis como “sabemos dónde vives, masista de mierda” y “ya les llegó su hora”. En los puntos de las protestas, que eran principalmente zonas urbanas de clase media, militantes de a pie eran identificados en las calles, insultados y amedrentados: “¡los vamos a sacar muertos!”, “¡Evo va a salir muerto!”, les gritaban.

Algunos de los funcionarios que sufrieron extorsión para renunciar fueron: Víctor Borda, presidente de la Cámara de Diputados, tras el rapto de su hermano; y César Navarro, ministro de Minería, ante agresiones físicas en contra de su sobrino. Los domicilios de ambos fueron quemados, al igual que la casa de Evo en Cochabamba; la de su hermana Esther Morales, que no tenía nada que ver con política, en Oruro; la del gobernador de dicho departamento, Víctor Hugo Vásquez; y la de Esteban Urquizu, gobernador de Chuquisaca.

También, un día antes, los medios de comunicación estatales Bolivia TV y Radio Patria Nueva fueron tomados a la fuerza para sacarlos del aire, desalojando a los empleados con agresiones y amenazas. Lo mismo pasó con varias radios comunitarias. El director de Radio Comunidad 90.4 FM y del Diario Prensa Rural, José Aramayo Cruz, fue golpeado con bates de béisbol, amenazado con cuchillos y finalmente amarrado a un árbol con precintos de plástico, donde permaneció durante más de tres horas.

 

2

Exactamente tres semanas antes de la renuncia del indio, ni el más pesimista del MAS se hubiera imaginado nada de esto, como no se lo imaginaba Evo al despertar de ese sueño alentador en enero del 2006, cuando se levantó de la cama, se duchó, caminó un momento y, a las seis de la mañana, prendió la televisión para ver que en la Plaza Murillo ya había multitudes autóctonas provenientes de todas las regiones del país. “Era una linda fiesta, ya no dormí”, expresa en sus memorias, donde también da cuenta de salir de su departamento alquilado en la avenida Busch, del barrio de Miraflores en La Paz, y encontrar a sus vecinos en la calle, celebrando y contemplando cómo ya lo esperaban, por primera vez, el vehículo de la presidencia y los motociclistas del Palacio Quemado —conocidos como Los Rayos— para llevarlo a su toma de posesión en el Parlamento.

Por nuestra parte, el domingo 20 de octubre de 2019, despertamos muy temprano mi novia y yo, para acompañar a una amiga suya que era diputada —y de nuevo candidata— del MAS, a votar en el municipio paceño de Achocalla. De ahí, tendríamos que regresar a Sopocachi, barrio donde habitábamos, para cubrir cuando Álvaro García Linera efectuara su voto. En la entrada de nuestro edificio nos encontramos, como habíamos acordado, con los compañeros de ella, militantes de un grupo juvenil afín al partido de Evo, y bajamos juntos hasta esa demarcación rural que colinda con El Alto y La Paz, ciudades a las que Achocalla suministra su producción de verduras. La inicial emoción de seguir la jornada de elecciones en Bolivia se fue afectando poco a poco por el caos entre ir y venir, correr de un lado al otro y, sobre todo, comenzar a sentir cierta inutilidad en todo ese movimiento. No llegamos a tiempo con “el vice”, pero nos enteramos que fue abucheado en su recinto de la unidad educativa Agustín Aspiazu, en aquel barrio bohemio y pequeñoburgués donde hacía años que ya no vivía, pero nosotros sí. 

Pareciera que ya había señales de la catástrofe, pero todos las minimizábamos como el gobierno venía haciendo desde hace tiempo. Toda la campaña había estado impregnada de un exceso de triunfalismo al que se había acostumbrado el evismo, confiando ciegamente en sus cifras exitosas. Pero los datos duros no llegan al hemisferio cerebral derecho de las personas, no emocionan. Se había debilitado, sin que nadie se diera cuenta o hiciera algo al respecto, la novedad esperanzadora que cautivó a más de la mitad de bolivianos en las elecciones generales de 2005, las de 2009, las de 2014; en el revocatorio de 2008; o en el referéndum para aprobar la Constitución del 2009. No se supo comunicar que la Revolución no estaba terminada, que quedaban muchas cosas por hacer. No se pudo plasmar que, justamente por eso, el primer nombre del proyecto era: “proceso de”, y el del partido: “movimiento al”.

Nos reunimos en el cuarto de guerra que había servido durante las semanas anteriores como casa de campaña de la joven diputada y nos volvimos presa fácil de la ansiedad y la espera. Fueron llegando unos cuantos colegas militantes de izquierda o periodistas de diferentes países: un español y un ruso, un par de chilenos y un trío de franceses; todos, preguntando de la manera más solidaria posible si se vislumbraba un buen panorama ante el gradual descontento de los sectores clasemedieros que reprochaban la repostulación de Morales.

Evo había perdido un referéndum tres años atrás, o al menos esa era la retórica de la oposición. Había sido su primer descalabro electoral desde que llegó al poder y el eco seguía resonando, como la fractura de un cristal en medio del silencio que se queda vibrando en el tímpano; así penetraba ese zumbido en el proyecto, en la imagen del presidente y en la posibilidad de su nueva reelección.

La derrota en el referéndum del 21 de febrero de 2016 (21F), que había sido impulsado por el mismo Evo para cambiar el Artículo 168 de la Constitución —donde solo se permitía una reelección de manera continua— era un lastre que venía arrastrando el proceso de cambio, y se había vuelto más pesado desde septiembre de 2017, cuando legisladores del MAS, pero también unos cuantos opositores, presentaron al Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) un recurso jurídico donde se buscaba restaurar los derechos políticos de 339 alcaldes, nueve gobernadores, el presidente, el vicepresidente, centenares de concejales, asambleístas nacionales y departamentales, entre otros cargos, al permitirles la repostulación. Esto, sustentado en la Convención Americana sobre Derechos Humanos (CADH) “Pacto de San José de Costa Rica”, que Bolivia suscribió en 1993, donde los Artículos 1, 23, 24 y 29 se refieren al respeto y goce de los derechos políticos —como derechos humanos— de los ciudadanos, al igual que el Artículo 26 constitucional. En tanto, el Artículo 28 especifica que el derecho a participar en comicios electorales no puede ser coartado sino por tres causales únicas: tomar armas en Fuerzas Armadas enemigas en tiempos de guerra, defraudación de recursos públicos o traición a la patria.

Por su parte, el Artículo 256 de la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia establece que:

I. Los tratados e instrumentos internacionales en materia de derechos humanos que hayan sido firmados, ratificados o a los que se hubiera adherido el Estado, que declaren derechos más favorables a los contenidos en la Constitución, se aplicarán de manera preferente sobre ésta.

II. Los derechos reconocidos en la Constitución serán interpretados de acuerdo a los tratados internacionales de derechos humanos cuando éstos prevean normas más favorables.

De esta manera, el MAS argumentaba que sí se estaban respetando los resultados del 21F, pues al vencer el “no”, el Artículo 168 no estaba sufriendo ninguna modificación. Sin embargo, otros tres artículos constitucionales —y cuatro internacionales— hacían posible que Evo Morales se repostulara. Además, esto solo garantizaba el lugar de Evo en la papeleta electoral; su triunfo o derrota quedaban a merced de la voluntad popular. 

Pero la oposición, que algo entendía de matemáticas, hizo sus cuentas: el primer tropiezo electoral de Morales acababa de suceder, sí, pero por apenas 2.6 puntos porcentuales (poco más de 130 mil votos); es decir, que hasta en los términos que manejaban los opositores en su retórica, el indio seguía acumulando casi el 49 por ciento de los votos, lo que ningún adversario sumaría por sí solo y menos con las múltiples rupturas entre ellos. 

Aunque no se había votado “Evo sí” o “Evo no”, sino el cambio, o no, de un artículo constitucional, les debió preocupar que la victoria que se habían adjudicado haya tenido un margen tan estrecho, pese a una estrategia en la que participó todo el aparato mediático de la iniciativa privada, el cual convirtió la campaña en una telenovela sobre un supuesto hijo ilegítimo de Evo, que al final nunca existió. Se trata de uno de los ejercicios de fake news más trascendentes a nivel mundial, pues hasta hoy, la mayoría de los implicados en el escándalo ya se han desmentido, disculpado o aceptado que fueron utilizados para la manipulación, siendo bautizados por el evismo como: “Cártel de la Mentira”. No obstante, también hasta hoy, hay gente que sigue creyendo o dudando sobre la existencia del niño, sin importar las evidencias ni las retractaciones.

Cabe reconocer que un gran acierto de la oposición fue su atinada lectura de la sociedad conservadora boliviana, para golpear directo en sus valores familiares consagrados. Supieron que no podían competir en las cifras o en los resultados de gestión y se fueron a la yugular de la moral, con las mentiras que algunos querían escuchar y estaban predispuestos a creer, pues no le perdonaban a Evo ser un presidente soltero en lugar de un presidente hombre de familia.

La preocupación matemática de la oposición se tradujo en un esfuerzo desmedido por seguir con su retórica de “Evo sí vs. Evo no” y posicionar la frase “Bolivia dijo no” en el imaginario colectivo. Al  principio eran manifestaciones incipientes donde solo ponían basureros, piedras o franjas de tela amarradas a postes para bloquear algunas calles de las zonas acomodadas y retornar a sus casas; a veces se quedaban cinco o seis personas de guardia y respondían mis entrevistas disfrazadas de falsa ingenuidad extranjera. Hablaban de sus ansias por derrocar “la dictadura”, pero no sabían qué proyecto de país instaurar después, o con qué políticas económicas y sociales sustituir las de Evo. Decían que hasta los datos del FMI, de la CEPAL, etcétera, eran falsos. Se quejaban de un presunto “racismo a la inversa”, mientras yo contenía la risotada. Repetían hasta el hartazgo que era un indio que no terminó la primaria. 

Sin embargo, las protestas poco a poco fueron captando adeptos, o por lo menos consiguieron que los manifestantes se quedaran en los puntos de bloqueo unas horas más, mientras políticos de diferentes partidos opositores trataban de adueñarse de la consigna “Bolivia dijo no” y agravaban las divisiones entre los grupos y votantes anti-Evo.

El odio que se generaba entre opositores a veces se percibía más fuerte que el manifestado por estos juntos hacia el indio. Pero eso solo aderezaba el vicio de confianza del MAS, vicio que seguía latente mientras nos llegaba la tarde en ese domingo electoral del 20 de octubre, dentro de aquel cuarto de guerra juvenil, decorado con imágenes del Che, Fidel, Chávez, Cristina y del mismo Evo, quien aparecía repetido en varias paredes, con diferentes estilos, diferentes colores, diferentes tamaños. Los jóvenes militantes —incluyendo a mi pareja—, que eran anfitriones de los extranjeros que estábamos ahí, habían acondicionado el lugar para ofrecer actividades gratuitas como talleres, charlas e incluso torneos de videojuegos, ping-pong y futbolito durante la campaña, informando también sobre el nuevo programa de gobierno propuesto por Morales. En una columna estaban pintadas las manos de estos chicos con sus nombres, dejando huella de su presencia y esmero en la contienda electoral. Habían crecido al tiempo que crecía la economía y las oportunidades, eran hermanos de la transformación de aquel país andino-amazónico. El cariño a su Revolución estaba plasmado en cada detalle del espacio, un cariño que después les costaría el exilio o la persecución a sus apenas veintitantos años.

 

3

“¿Y entonces qué va a pasar?”, volvía a insistirme F al teléfono, mientras yo merodeaba por la sala del departamento, tratando de esbozar los escenarios posibles en mi cabeza, tratando de sonar inteligente en mis respuestas. Fue en ese momento que llegó el grito rasgado desde la habitación: “¡Evo acaba de renunciar!”.

—Acaba de renunciar Evo —le dije a mi amigo casi en automático, y al instante sentí que tal vez no era justo que lo escuchara de un mexicano.

—¿Renunció…?

—No puedo hablar ahora, te llamo en cinco minutos —y colgué con un nudo en la garganta. 

Corrí al cuarto y vi el par de hilos de lágrimas más veloz que puedo recordar hasta ahora, atravesando el rostro de esa boliviana que amaba. Seguían hasta su cuello y aterrizaban sobre la cama convertidas en gotas grandes y pesadas, dejando una marca que después de un ratito desaparecía. Giré hacia el televisor y ahí estaba: sentado detrás de una mesa, junto a su infalible Álvaro y su leal Gabriela Montaño, anunciando que el odio le había ganado a los datos duros, que le acababan de arrebatar a Bolivia casi 14 años de cambio y progreso. Rompí en llanto también, frustrado de no ser boliviano, de que me doliera tanto algo que ni siquiera era mío.

Una hora y un par de minutos antes, también en rueda de prensa, las Fuerzas Armadas habían “sugerido” al presidente que renuncie a su mandato, con el pretexto de “pacificar el país”. Casi cuarenta y ocho horas antes, la policía se había amotinado con el pretexto de “no reprimir al pueblo”. Ese viernes previo a la renuncia, yo acababa de alistar mi maletín para salir corriendo al ensayo de una obra de teatro que había escrito y dirigía, cuando llamó mi novia para advertirme:

—¿Dónde estás?

—Corriendo a ensayo —respondí, pensando que me regañaría por hacer esperar a mis actores.

—No salgas, cancela el ensayo.

—¿Qué pasó?

—La policía se está amotinando en varios departamentos. No tardan en sumarse los de La Paz.

—¿Y eso qué significa…? —pregunté titubeante.

—Que pueden salir los milicos en cualquier momento —sentenció.

No entendía la dimensión de la advertencia, no concebía lo que para ella era un recuerdo arraigado desde la infancia: enfrentamientos a balazos entre policías y militares en las calles, durante la llamada “guerra del gas” en octubre de 2003, con el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni), a quien lo acompañaba Carlos Mesa en la vicepresidencia; el mismo Carlos Mesa que ahora era el candidato en segundo lugar y clamaba “monumental fraude electoral” en todos los medios nacionales e internacionales, exhortando al caos y la violencia. “Octubre debe ser su mes favorito para ver sangre derramada en Bolivia”, inferimos con humor negro.

La diferencia es que hace 16 años los policías se habían rebelado ante el Ejecutivo en contra de la privatización del gas y la contratación de puertos chilenos para exportarlo hacia EE.UU. y México, mientras que en esta ocasión acababan de ser comprados por el padre de Camacho, según él mismo lo reconoció en un video que salió a la luz el 28 de diciembre de 2019, donde también presume haber pactado con los militares para que pidieran la renuncia de Morales.

Recuerdo el sabor a miedo de las alitas que cenamos esa noche de motín e incertidumbre. Recuerdo que apenas unos días antes, su madre nos contaba sobre su niñez y adolescencia en tiempos de las dictaduras militares, que la acompañaron desde que nació hasta sus 16 primaveras. Habrá sido en 1980, a sus 14 años, cuando se le quedó grabado el golpe de Estado de Luis García Meza quien, con el apoyo de la dictadura argentina de Videla y la participación de paramilitares comandados por el nazi fugitivo Klaus Barbie, atiborró las calles de violencia para hacerse del poder. Ella y su familia se recluyeron en la habitación con menos contacto al exterior, pues las ventanas de su propia casa se habían vuelto una amenaza. Pusieron algunos colchones en el piso y otros en las paredes, temiendo la potencia y calíbre de las balas. Echados ahí, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchaban el transitar de los tanques y el estruendo de las armas; a veces lejano, a veces más próximo, según el nivel de paranoia que causara el desvelo. Me sonaba al México de Calderón, pero la verdad es que no me había tocado estar tan cerca de una situación así.

Lo que no recuerdo es si mi novia y yo hicimos lo mismo con el colchón de nuestra cama en el departamento, solo que sí apagamos todas las luces y revisamos varias veces que la puerta tuviera todos los seguros. Hablamos de lo que podía ocurrir, de lo que ya había sucedido, de lo que estaría pasando por la cabeza del Evo, un Evo solitario que no podía llamar a los difuntos Chávez o Fidel, quienes conversaron por teléfono justo antes y justo después del intento de golpe de Estado en la Venezuela del 2002. Sentimos compasión por ese hombre que tampoco podía recurrir a Lula, a Correa ni a Cristina, que a pesar de su reciente triunfo electoral, le faltaba todavía un mes para asumir como vicepresidenta de Argentina. Le pedimos más de cien veces a nuestra perrita que dejara de ladrar, pero ya le habíamos contagiado la angustia. “Ahora sí van a bajar los Ponchos Rojos, los mineros, todos”, dijo mi novia. “Se van a armar los putazos”, respondí como buen mexicano.

Esos indios campesinos, mineros, obreros, entre otros, que bajarían de las provincias aledañas a La Paz —aunque también había muchos en la misma ciudad— y de otros departamentos, llevaban semanas conteniéndose de “poner en su lugar” a los que consideraban, en su mayoría, burgueses blancos que no sabían ni por qué protestaban y que hacían “cacerolazos” en una Bolivia donde la pobreza extrema pasó del 45.2 por ciento, que tenía en el 2000, al 15.2 por ciento, en 2018; una Bolivia donde el salario mínimo creció de 355 a 2,060 pesos bolivianos mensuales en el mismo lapso. Los evistas no comprendían cómo esa clase media podía salir a sus parques o asomarse desde sus ventanas para golpear cacerolas de marcas extranjeras, que en el cotidiano no estaban nada vacías. “Es casi un insulto —me comentaban algunos amigos o conocidos—, es casi una burla para quienes sí han pasado hambre de verdad y se han manifestado así históricamente en el mundo”.

El constante llamado de Evo a sus bases para conservar la calma y mantener la paz estaba en riesgo ahora que no habría policía. Aunque eran muchos los roces que se habían producido en tan pocos días —y ya se habían presentado las primeras tres muertes que tanto ansiaba la oposición—, no se comparaban con la fuerza que implicaría una defensiva real de indígenas, cocaleros y mineros que venían de luchas históricas, de sobrevivir masacres o ver a sus hermanos quemados vivos durante el Plan Cóndor; gente, pues, que sabía de verdad lo que era dejar su vida por una causa, en contraste con esa nueva clase media que se estrenaba en las calles.

A esos combatientes de antaño, como los que marcharon junto a él desde el Chapare hasta La Paz, son a los que principalmente se dirigía el Evo cuando pedía paz y calma. “Si hay más muertos nos los van a colgar a nosotros”, debió haber pensado, por eso también descartó la opción de sacar al Ejército, para no repetir lo que hizo Goni en 2003.

Sin embargo, del otro lado no solo había clasemedieros blancos. La primera línea de manifestantes, en realidad, siempre estaba conformada por encapuchados que usaban bombas molotov, petardos, piedras o hasta bazucas caseras. Tanto su apariencia como su proceder se asemejaban demasiado a los de paramilitares o guarimberos venezolanos, y eran pagados por líderes opositores como Mesa y Camacho, según relataron allegados de estos kamikazes enviados a morir.

“Durante una semana que se ha salido de la casa y no sabemos por qué. Cuando ha llegado nos dijo que del otro partido de la derecha le estaban pagando bien. Él dijo: ‘Carlos Mesa y el Camacho’, que le pagaban bien. Y dijo: ‘voy a ir a ganarme unos cuantos centavos’ y se perdió”, narró Juan Carlos Huayguasi sobre su cuñado, Limbert Guzmán Vásquez, de 20 años, quien falleció por muerte cerebral luego de que le explotara en el hombro derecho su propia bazuca improvisada. “Él tenía un dispositivo explosivo (…) lo proyectaba hacia adelante y, bueno, falló de alguna forma y le explotó”, detalló a Red Unitel, un compañero de Limbert que también participó en el bloqueo del puente de Huayculi, en el municipio cochabambino de Quillacollo; el mismo lugar donde sería rescatada después la alcaldesa de Vinto.

Luego de unos días, la hermana del fallecido, Aida Guzmán Vásquez, y el abogado de la familia, Libio Flores, intentarían modificar la versión, asegurando que el joven se había movilizado de manera genuina y sin el pago de ningún político. Antes de Limbert, habían muerto por impactos de arma de fuego, en Montero, Santa Cruz, Mario Salvatierra y Marcelo Terrazas; este último pertenecía a la Unión Juvenil Cruceñista, pero se había infiltrado en el MAS haciendo campaña por la candidata Deisy Choque. Nunca se confirmó a ciencia cierta de dónde vinieron las balas que les quitaron la vida.

Las principales ciudades del país vivían intentos de paros y bloqueos que, o no acataba la mayoría de la población, o eran respondidos por grupos afines a Evo que buscaban desmontar las barricadas. En ese contexto nacían los enfrentamientos. Indígenas que querían asistir a sus trabajos o a sus “ventas” de manera normal, eran agredidos e insultados por los inconformes. Si alguna persona de tez morena, por casualidad vestía de azul, era la combinación perfecta para ser tachado de masista y ser violentado. Así era el cotidiano de las últimas semanas.

Además, grupos de choque llevaban días queriendo entrar a la Plaza Murillo, resguardada por policías y militantes del MAS. Ahora que los uniformados cambiaban de bando, dependía de los Ponchos Rojos y los diversos sindicatos defender la zona simbólica del poder Ejecutivo. Se esparció el rumor de una concentración para el lunes 11 de noviembre, en el que mi novia estaría como militante y yo como periodista. Era muy probable que se derramara sangre de ambos lados, pero sabíamos que era nuestro deber estar ahí. No supe cómo decirle que no fuera, y seguro ella a mí tampoco. Tal vez los dos estábamos dispuestos a entregar nuestra vida por lo que creíamos, pero no teníamos la misma disposición para perder al otro. Romantizábamos nuestra posibilidad individual de morir por algo que valiera la pena, pero al pensar en el otro, volvíamos a ser personas comunes que desean una vida tranquila, una casa, una perrita y almuerzos familiares los domingos. También pensé en México y todo lo que podría dejar sin despedidas. Pensé en mis padres, mis hermanos, mi abuela, mis amigos. Pensé en el mezcal y en los tacos. Pensé en el Che, que había llegado justamente a morir a Bolivia. También en Butch Cassidy. Tal vez ese era el destino de los extranjeros en este insólito país, me dije. Ni el viernes ni el sábado dormimos. Aferrados a nuestros cuerpos, ya sin hablar, cada quien visualizaba lo que traería ese lunes de muerte que al final nunca llegó, pues Evo renunció antes.

 

4

Muchos no entendimos cómo, en solo tres semanas, el reclamo de la oposición escaló de exigir primero solo la segunda vuelta, después la anulación total de los comicios y finalmente la renuncia de Morales, aunque incluso si hubiera perdido la elección, su mandato constitucional vigente debía terminar hasta enero de 2020.

Desde semanas antes de la votación, los adversarios del proceso de cambio ya ponían sobre la mesa la palabra “fraude”, preparando el terreno de lo que sería su batalla psicológica, mediática y finalmente armada. También desde semanas antes, el Órgano Electoral Plurinacional garantizó que el día de la elección, a las 20:00 horas, tendría en su portal la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) hasta el 80 por ciento, pues esos datos solo eran referenciales, mientras que lo decisivo siempre ha sido el cómputo oficial, para el cual se abre cada acta, y se registran y se suman los votos frente a representantes del Tribunal Supremo Electoral (TSE) de cada departamento, delegados de cada partido, miembros de la prensa y observadores internacionales.

Llegada la hora indicada del domingo 20 de octubre, el 83.7 por ciento del TREP estaba en línea como se prometió, y le daba la victoria a Evo Morales por casi el 8 por ciento, aunque necesitaba 10 puntos de diferencia para ganar en primera vuelta, o alcanzar el 50 por ciento más un voto. Sin embargo, solo esos datos previos le bastaron a Mesa para salir a las 20:32 horas a festejar que habría segunda vuelta, demeritando la tendencia de que el aymara le siguiera sacando ventaja, pues faltaban más de 1 millón 100 mil votos por registrarse, provenientes de las zonas rurales más alejadas del país y de los bolivianos residentes en el exterior, sectores en los que Evo mantenía un apoyo mayoritario.

A la mañana siguiente, una vez reactivado el TREP, Morales había conseguido el 46.85 por ciento de los sufragios y Mesa el 36.74 por ciento. La diferencia era de 10.11 puntos. Aunque faltaba ver si el cómputo oficial confirmaba estos datos, el segundo lugar acusó ipso facto que se trataba de un “monumental fraude” y llamó a la movilización permanente desde ese momento.

En las inmediaciones del ex hotel Radisson, en La Paz, donde se realizaba el cómputo oficial, se dio el primer choque entre evistas y opositores, cada quien defendiendo su versión de Bolivia y de democracia: el derecho a ganar vs. el derecho a desconocer esa victoria. Al mismo tiempo, en otros departamentos, grupos violentos prendían fuego a instalaciones del tribunal u órgano electorales.

Sería el propio gobierno el que le pediría a la Organización de Estados Americanos (OEA) que realice una auditoría para despejar las supuestas dudas y después llamaría a miembros de la oposición a una mesa de diálogo con representantes de la comunidad internacional. No obstante, el mismo Mesa y otros líderes rechazaron esta opción, argumentando que el organismo estaba “comprado” por el presidente, sin saber que los resultados de la auditoría —que llegaron la mañana del domingo 10 de noviembre— les darían la razón, al mencionar ciertas “irregularidades” en el proceso electoral y solicitar nuevos comicios, aunque sin referir pruebas contundentes. Acto seguido, Evo anunció que, a pesar que se trataba de un informe más político que técnico, acataría la instrucción de la OEA, convocando a nuevas elecciones, con nuevas autoridades e incluso nuevos actores en la contienda. De esta manera, abría la puerta de hacerse a un lado como candidato, pero el golpe ya estaba en marcha y esto no sería suficiente. Cabe mencionar que el informe ha sido fuertemente cuestionado por expertos del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag) y otras instancias internacionales.

Como suele hacer en cada catástrofe de la que ha sido partícipe, para sobrevivir políticamente, Mesa comenzó a guardar silencio y a volverse invisible de manera gradual, cediendo el protagonismo a un Camacho que radicalizaba el discurso hacia lo religioso y lo racista, caldo de cultivo ideal para esparcir y activar el odio. Consiguió el apoyo de ciertos grupos universitarios, de representantes del Comité Nacional de Defensa de la Democracia (Conade), del Comité Cívico Potosinista (Comcipo), liderado por Marco Antonio Pumari, entre otros.

Las pruebas del presunto “fraude” que exponían a los medios —aunque no presentaban las denuncias formales correspondientes— rayaban en el ridículo. Cuestionaban poco más de 100 mil votos de un total de 6.5 millones; es decir, ponían en entredicho el 1.7 por ciento de los votos válidos. Pero además, evidenciaban su falta de conocimiento sobre algunos sectores del pueblo boliviano. Decían, por ejemplo, que era improbable que en algunas mesas Evo haya conseguido el 100 por ciento de los votos, a pesar que se trataba de poblados totalmente indígenas, los cuales acuerdan su decisión en conjunto, desde antes de las elecciones, como parte de su modo de organización comunitaria.

Incluso el analista político Jorge Richter, que era abiertamente crítico del gobierno de Morales, había cuestionado la posibilidad de un fraude, al haber 10 copias de las 33 mil actas electorales, firmadas y en posesión de los delegados de cada partido. En este sentido, 330 mil personas tenían una copia. “¿Cómo se pueden modificar esas actas sin que nadie se dé cuenta?”, expresó.

La violencia continuó subiendo de tono a la par de una fe ciega en un fraude que no podía demostrarse. En tanto, un Camacho por el que nadie nunca votó para un cargo popular, decretaba lo que debía pasar en el país y, después de pedir la anulación total de las elecciones, exigió la renuncia de Evo, dándole un ultimátum de 48 horas, incluso antes del motín de la policía y de la rueda de prensa de las Fuerzas Armadas.

El empresario se aferró a la idea de encumbrarse llevando la carta de renuncia en persona, para que el indio se la firmara frente a la prensa, no en la Casa Grande del Pueblo, sino en la antigua y colonial sede de gobierno: el Palacio Quemado. Voló de Santa Cruz a La Paz, llegando al aeropuerto que se encuentra en la ciudad vecina —y totalmente aymara—, El Alto. No pudo salir del aeropuerto, pues estaba rodeado por una multitud de esa gente a la que había manifestado su desprecio en los cabildos cruceños. Más allá de que pudieran ser simpatizantes de Evo, eran indígenas que habían sido ofendidos por un “camba” que reanimaba la disputa histórica entre el oriente y occidente bolivianos. 

Camacho terminó huyendo en avioneta a Santa Cruz, pero volvió después gracias a un fuerte contingente policial que puso el mismo gobierno para su seguridad, a pesar que, según él, había sido también el gobierno quien llamó a una “horda de masistas” en su primer intento por arribar a La Paz. A final de cuentas, no logró su cometido; al menos no con la puesta en escena que fantaseaba. Evo anunció su renuncia desde el simbólico aeropuerto de Chimoré, en el trópico de Cochabamba, construido sobre la infraestructura de lo que antes del 2006 fuera una base militar de EE.UU.

“¿Por qué decidí esta renuncia? Para que Mesa y Camacho no sigan persiguiendo a mis hermanos”, manifestó Evo en rueda de prensa, poco antes de que el líder cívico por fin ingresara al Palacio Quemado para arrodillarse y colocar la bandera criolla boliviana, su famosa carta y la Biblia sobre el piso. Casi de inmediato, la otra bandera oficial, la wiphala, fue sacada del inmueble y quemada en la Plaza Murillo, al ritmo de festejos y consignas racistas. También, policías se arrancaron del uniforme la enseña para recortarla y desecharla. Se trata de un estandarte con cuadros de siete colores dispuestos en diagonal (amarillo, naranja, rojo, violeta, azul, verde y blanco) que representa a los pueblos ancestrales y fue reconocida como símbolo patrio junto a la tricolor, apenas en 2009, con la nueva Constitución promovida por Morales, que también rebautizó al país como Estado Plurinacional de Bolivia, a modo de integrar a todos los pueblos originarios y reconocerlos plenamente como naciones. “Ha vuelto a entrar la Biblia al palacio; nunca más volverá la Pachamama”, sentenció Camacho.

 

5

Mi novia y yo no tuvimos mucho tiempo para sentirnos devastados por lo que estaba ocurriendo, teníamos que pensar, decidir y actuar de inmediato, pues empezaba la cacería de brujas y cualquier persona identificada como partidaria de Evo estaba en riesgo. Al ser una militante activa y —como politóloga— una voz joven que solía participar en debates de radio y televisión, ella había sido reconocida un par de veces en la calle y había recibido esos gritos de “¡los vamos a sacar muertos!”, “¡Evo va a salir muerto!”, sobre todo por vivir en Sopocachi. Su nombre circulaba en listas que difundió el medio digital Erbol, obedeciendo la proclama fascista de Camacho. Además, diversas cuentas de redes sociales viralizaban fotos de ella con su número celular, por lo que empezó a recibir mensajes con insultos y amenazas.

Yo tenía un vuelo para ir a pasar navidad en México, que ahora pensaba adelantar, planteándole que se fuera conmigo. Sus padres y su hermana llegaron a nuestro departamento, no recuerdo qué noche, a proponer básicamente lo mismo. Podríamos estar por lo menos uno o dos meses en mi país, en lo que se calmaban las cosas, le decíamos, pero ella se resistía. “No tengo por qué huir, no he hecho nada malo; están exagerando, van a perseguir solo a las cabezas”, eran algunas de sus respuestas. Ellos me miraban con cierta profundidad en sus ojos, y yo sentía cómo colocaban todas sus esperanzas en este extranjero, para que se la llevara a más de seis mil 130 kilómetros de distancia.

Lo primero que decidimos fue escapar por lo menos de nuestro propio departamento e ir a quedarnos unos días en casa de su abuela, donde repetimos la historia de poner colchones en el piso y tenerle miedo a las ventanas.

Al grito de “¡Ahora sí, guerra civil!”, y con un trote decidido, una multitud indígena bajaba desde El Alto y otras provincias aymaras, arrasando con puestos policiales y haciendo huir a los uniformados. Eran los Ponchos Rojos, campesinos e indios en general, encendidos por la indignación de la quema de su wiphala, más que por la renuncia de un Evo que ya no podía contenerlos. “La whipala es nosotros”, “si queman la wiphala, a nosotros nos queman”, exponían. En un país sin presidente, que se había vuelto tierra de nadie, las Fuerzas Armadas decretaron estado de sitio y finalmente salieron a ocupar la ciudad, en auxilio de la policía y los políticos opositores, que no habían podido terminar de celebrar su victoria. Mala idea de los golpistas el quemar una bandera que representa a los pueblos originarios, cuando casi el 63 por ciento de la población boliviana es indígena.

En la madrugada, escuchamos balazos a lo lejos y, después de unos minutos, a los aviones de la Fuerza Aérea, que se dirigían hacia El Alto a toda velocidad. De vez en vez, pasaban motocicletas policiales frente a la casa, rumbo a los barrios que suben hasta la ciudad aymara. “Los pacos se amotinaron, según ellos, para no gasificar a la clase media blanca; pero a los indios les van a meter bala, como siempre habían hecho en este país”, pensamos.

Tras su renuncia, Evo se internó en la selva del trópico de Cochabamba, regresando a sus orígenes de campesino y dirigente sindical, para resguardarse de algún posible atentado o arresto extrajudicial por parte de las autoridades golpistas. Un día antes, un miembro de su equipo de seguridad le había mostrado mensajes donde le ofrecían 50 mil dólares por entregarlo. El ahora expresidente puso su vida, la de Álvaro, Gabriela y otros colaboradores de confianza, en manos de sus hermanos cocaleros, quienes bloquearon las carreteras de acceso e instalaron vigilía en el aeropuerto de Chimoré, con tres anillos de protección. 

Volvió a dormir sobre una cobija en el suelo, con una sábana colgada encima suyo cuidándole de los mosquitos, y seguramente recordó otro sueño del pasado, uno de cuando se encaminaba, por primera vez, a ser candidato a la presidencia, para las elecciones de 2002 que perdió contra Goni y Mesa. “Estaba en las serranías de Independencia, en Cochabamba, donde chico pastaba llamas, en las serranías de Larimarca. Estaba caminando hacia la punta del cerro, hacia la cumbre. De pronto apareció una roca y ya no se podía caminar, miraba atrás y decía: ‘si me suelto me voy a caer’”, narra en su autobiografía. El vértigo debió calmarse un poco cuando el canciller mexicano, Marcelo Ebrard, publicó un tuit en el que le ofrecía asilo político, además de anunciar que habían recibido a 20 personas del Ejecutivo y Legislativo bolivianos en la residencia oficial de la Embajada, en La Paz.

Frente al televisor del cuarto de su madre y desde nuestros celulares, mi novia y yo tratábamos de seguir la travesía del rescate a Evo: “un viaje por la política latinoamericana”, según señaló el mismo Ebrard. El avión Gulfstream G550 de la Fuerza Aérea mexicana hizo escala en Lima, para después volar hasta Chimoré. Sin embargo, las autoridades militares de Bolivia se negaron a dejarlo aterrizar, por lo que se tuvo que negociar de emergencia, en pleno vuelo, hasta que por fin se consiguió el permiso y se pisó tierra, poco antes de las 19:00 horas. La ruta prevista para el regreso era la misma; no obstante, el gobierno peruano reconsideró su participación y le impidió volver a bajar para recargar combustible. Una intrincada triangulación de llamadas entre las autoridades mexicanas, el presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, y el gobierno de Paraguay, harían posible el nuevo itinerario y el despegue.

Entre lágrimas y abrazos de campesinos, Evo y Álvaro dijeron adiós a su patria mientras caminaban para abordar la aeronave. “Va a volver, va a volver, va a volver”, repetían sin cansancio los cocaleros, sin poder soltarlos de los cuellos, los brazos, las camisas; sin saber si los consolaban a ellos o a sí mismos. Álvaro llevaba en su mano un pedacito de tierra, que prometió volver a poner en su lugar algún día. Evo recibió una bandera mexicana en cuanto estuvo a bordo: una señal para el mundo de que, a partir de ese instante, estaba bajo la protección de México. 

Después de la escala en Paraguay, el avión tenía que sobrevolar de nuevo el espacio aéreo boliviano, lo que ya no fue autorizado. “Milagrosamente”, Brasil permitió el paso y, después de titubear, también Ecuador. Sin embargo, otra vez en pleno vuelo, el gobierno de Lenín Moreno se retractó, por lo que tuvieron que rodear y cruzar por encima de aguas internacionales. Evo Morales pisó México por fin a las 11:15 horas del día siguiente, donde sus primeras palabras las dedicó a agradecer al presidente Andrés Manuel López Obrador por salvarle la vida. “Mientras tenga la vida, sigue la lucha”, aseveró.

 

6

Al tiempo que se reprimía a manifestantes indígenas en los alrededores de Plaza Murillo, la senadora opositora Jeanine Áñez, de Movimiento Demócrata Social —partido que integró la Alianza Bolivia Dice No, consiguiendo apenas el 4.24 por ciento de los votos en la elección anulada— se autoproclamó presidenta del Senado, para después autoproclamarse presidenta de Bolivia. Esto, violando los artículos 161, 169 y 410 de la Constitución; y en un Parlamento sin quórum, con la mínima presencia de diputados solo de oposición, pues los legisladores del MAS, que seguían siendo mayoría, no pudieron asistir debido a la falta de garantías para su seguridad, ante los múltiples atentados ya descritos. 

Con Biblia en mano, al igual que hizo Camacho, la mandataria se trasladó a Palacio Quemado, donde un militar fue quien le colocó la banda presidencial. “Gracias a Dios, que ha permitido que la Biblia vuelva a entrar a Palacio”, dijo, casi repitiendo las palabras del empresario. Ofreció un discurso nutrido de murmullos a su costado, principalmente de Arturo Murillo, a quien después nombraría su ministro de Gobierno, y salió al balcón a celebrar. A unos cuantos metros, la wiphala ya había sido repuesta debido a la reacción de los pueblos originarios.

En algún grupo de WhatsApp, un amigo periodista bromeaba sobre Áñez, comparándola con el autoproclamado de Venezuela, Juan Guaidó. Otro le respondió que al menos Jeanine tenía al Ejército, pero alguien más lo refutó: “No, el Ejército la tiene a ella”. Supongo que todos sentimos un estremecimiento, porque nadie volvió a comentar nada durante horas.

A su pesar, mi novia terminó convenciéndose de que lo mejor era irnos antes de que fuera demasiado tarde, aunque en realidad no sabíamos si ya lo era. Habíamos conseguido los boletos de avión, tras un galimatías de telefonazos a la aerolínea; pero ante la situación que imperaba en el país, el aeropuerto tenía cancelados todos los vuelos internacionales y estábamos a la espera de que nos reasignaran itinerario. Incluso consideramos la idea de trasladarnos por tierra a Perú, pero al final no hubo necesidad de llegar a eso. Empacamos lo que pudimos, sin pensar mucho en cuánto tiempo estaríamos fuera o qué cosas extrañaríamos. Le mentimos a su abuela, diciendo que solo iba a tomar un curso en México. Fuimos a casa de su padre, a dejar a nuestra perrita, confiando en que su olfato no le permitiera olvidarse de nosotros, y le dijimos adiós solo a un par de amigos por teléfono, ya que no había condiciones para despedidas idóneas.

Casi seis horas antes del despegue estipulado, partimos rumbo al aeropuerto con su mamá y su hermana en un taxi, que no fue nada fácil conseguir, pues nadie quería subir a El Alto. Una vez que aceptó hacer el viaje, lo primero que nos preguntó el conductor fue si traíamos una wiphala, pues la bandera de los pueblos originarios se había convertido en una señal de tregua. La ciudad estaba tapizada con esta enseña, colgaba en casi todos los umbrales o ventanas de casas, comercios, restaurantes y hasta vehículos. De la misma forma en que el Éxodo bíblico relata cómo los hebreos marcaron sus puertas con sangre de cordero en Egipto, para salvar a sus primogénitos, los paceños colocaron wiphalas para “evitar la furia de los indios” y mostrarles o fingir su respeto.

Durante el trayecto, no dejaba de percibir que corríamos un doble riesgo y que estábamos en el limbo de esas dos Bolivias en pugna: mi pareja era partidaria pública de Evo, identificada por los golpistas; pero éramos también, a final de cuentas, blanquitos clasemedieros que coincidían con el perfil de quienes durante semanas habían expresado su racismo a todo pulmón. Podemos ser botín de unos u otros, pensé. Nuestras únicas garantías, de cierta forma, para atravesar la ciudad y llegar al aeropuerto, eran mi pasaporte mexicano y mi credencial de periodista, que la mamá de mi novia me pidió tener a la mano, en el asiento de copiloto, para cualquier eventualidad.

En la radio del taxi, escuchamos los nombres de los ministros que estaba posesionando Áñez; entre ellos, un Murillo distinguido por su visceralidad y fascismo, que tenía frases célebres como “mátense ustedes” —a las feministas— y “que tu mujer sea tu madre, tu amiga, tu hermana, tu puta”. Designado como ministro de Gobierno, él era la persona ideal para emprender la persecución en contra de los masistas. Unos días después, junto a la nueva ministra de Comunicación,  Roxana Lizárraga, amenazaría con acusar de “sedición” a miembros de la prensa nacional o hasta internacional. Tal vez sí estábamos saliendo justo a tiempo.

La última caseta para entrar a la ciudad aymara estaba bloqueada por enormes piedras, pero afortunadamente no había manifestantes. Convencimos al taxista de rodear los obstáculos y cinco minutos despúes llegamos por fin al aeropuerto, donde el papá de mi pareja ya nos esperaba. Estaba también su amiga, ahora exdiputada, con su esposo, que casualmente irián en el mismo vuelo. Acordamos no saludarnos, por precaución. Era más factible que las reconocieran al verlas juntas, que por separado, con sus chullus, lentes y la mirada siempre abajo, hacia el celular. El joven matrimonio llevaba todo el día en el aeropuerto y había notado la presencia de miembros de Inteligencia, vestidos de civil, repitiendo un mismo patrón de recorrido y vigilancia durante horas. El lugar también estaba repleto de militares. Disimulando los nervios, hicimos fila para documentar nuestro equipaje y nos turnamos para cenar cualquier cosa, siempre acompañados de su familia. 

Cuando debíamos dirigirnos a la sala de abordar, estallaron las lágrimas, los consejos, los abrazos infinitos. Todos sabíamos que ese mes o dos meses eran solo una careta para sobrellevar la incertidumbre, y no les bastaba el consuelo de que estaría cerca mi familia y mis amigos para cobijar el exilio de mi compañera. Las personas que visitan los aeropuertos sin maletas, de ida y vuelta, siempre son las que más sufren.

Después de cruzar el escáner de rayos X, estaba Migración, otra muralla para alimentar el estrés. Le pedí que no titubeara en seguir si me retenían un poco; seguro lo harían para revisar mi visa de trabajo y contarme los días de estancia. Ya en la sala de embarque, mensajes de su amiga nos preguntaban si había policías o militares dentro. “Parece que no, todo tranquilo”, respondimos. Ella y su esposo fueron los últimos en ingresar, pasaron frente a nosotros como una pareja de desconocidos y se sentaron hasta el otro extremo. La espera se hizo eterna, como el día de la elección en el cuarto de guerra; pero se multiplicó luego que entramos al avión, ubicamos nuestros lugares, alineamos el respaldo del asiento, abrochamos el cinturón de seguridad, escuchamos las instrucciones de vuelo y no se veía cerca el despegue. Con la mirada incrustada en el fondo del pasillo, imaginábamos que policías entraban de súbito, en cualquier instante, como en una película, inspeccionando rostros y nombres. De pronto, la voz ajena del piloto, desde las bocinas, se disculpó por la demora: las autoridades habían pedido información a último momento sobre los pasajeros. “Ya valió madres”, pensé. Contuvimos el aliento, con nuestras manos apretujadas pese al sudor, hasta que de improvisto el sonido de las turbinas nos devolvió la respiración. Estábamos despegando.

Hicimos escala en Bogotá. El aterrizaje fue como la caída que te despierta de un sueño, sin poder distinguir aún si fue real o sigues dormido. Bajamos del avión, caminamos, compramos café; todo casi en automático, sin aceptar qué estaba pasando ni qué estábamos haciendo, como cuando sientes que estás en cámara lenta y todo lo demás va muy deprisa. Al llegar a nuestra nueva sala de abordar, ahí estaba esa otra pareja, también con café y la mirada perdida. Por fin nos saludamos. Como si no nos hubiéramos visto en años, nos dimos un abrazo tan fuerte que se convirtió en un llanto de impotencia mezclada con alivio.

Comprendí que no volveríamos a ver el país que dejamos. Incluso si pudiéramos regresar después, ya no sería el mismo, el de los 14 años de tregua frente a siglos de una hegemonía que hoy estaba de vuelta. El proceso de cambio, o el llamado “milagro boliviano”, era ya solo un sueño del que todos habíamos despertado; algunos con resaca de realidad, otros con regocijo, según la cama donde cada quien durmiera. Sin embargo, todo mundo debió preguntarse al abrir los ojos: “¿y ahora qué sigue?”

“¿Qué carajos sigue ahora?”, nos cuestionamos también mi compañera y yo, todavía en El Dorado. El peligro se había quedado en Bolivia y solo faltaban cuatro horas para llegar a México, a toparse ella con el exilio y yo con el retorno forzado.

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