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jueves, julio 29, 2021
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Señores oligarcas… ya los vimos…

Jamás, el desahogo del descontento social a los que estaba expuesto de niño y adolescente, jamás escuché la palabra empresario.

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Allá por el 2 de julio del 2019, el AMLOFest celebraba el primer año de la victoria de Morena en las anteriores elecciones presidenciales. A la denominada zona “VIP” arribaba un grupo de grandes empresarios – algunos “allegados”, otros no tanto, al primer mandatario, según los medios mainstream- desfilando “a ras de tierra”, muy cerca de la valla que los separaba de la gente “común”.

Destacaban Carlos Slim y Emilio Azcárraga Jean como los más reconocibles de tan noble comité; lo cierto es que hubo capturas audiovisuales de algo que es mucho más digno de atención y análisis de lo que pudiera parecer: los multimillonarios fueron abucheados por amplios sectores de la multitud más cercana a su corredor de acceso.

En su momento, los registros multimedia del singular fenómeno tuvieron amplia circulación. Curiosamente, hoy no queda nada. Ni noticias escritas, ni videos en YouTube… nada. Lo único que Google arroja son referencias   acerca de que los “notables” del “varo” habían acudido al evento, pero sin alusiones al rechazo popular que desató su llegada. En YouTube, de forma aún más curiosa, cuando se ponen palabras clave como “AMLOfest”, “empresarios”, “Slim”, “abucheos” etc., por lo menos a mí los algoritmos me llevaron a videos de los supuestos abucheos recibidos… pero por AMLO…

Cosas del internet, supongo.

Es una laguna lamentable de información, que tiene poco aspecto de ser “casual”. Lamentable porque se trata de la documentación de algo que, como dije, tiene connotaciones realmente importantes en cuanto a ciertos cambios que se han dado en la percepción política de mucha gente.

Mi compañera en esta sección de opinión de Revolución TRESPUNTOCERO, Martha Uruchurtu, escribió hace un tiempo en otro periódico digital una columna muy buena sobre Carmen Aristegui. En ella hacía referencia a un asunto que yo quiero desarrollar más aquí: los conceptos de clase política y clase empresarial.

Desde que recuerdo tener conciencia, empezando por mi entorno familiar -que era especialmente ignorante-, aprendí a asociar la palabra “político” con “ratero”, “rata”, “estúpido”, “pendejo” y demás insultos. No importaba quién se pusiera a hablar sobre la situación del país, ni qué nivel de preparación tuviera: cada   individuo adulto   terminaba   por explicarlo todo en términos de corrupción, aunque algunos ni siquiera llegaban   a usar esa palabra. Era de destacar, por cierto, la actitud de suficiencia, de una asumida “astucia”, que esas personas mostraban al soltar tales improperios. Ahora hasta me hace gracia aquella suerte de ingenuidad de la que no se percataban en lo absoluto. Ya en la universidad, y a medida que mi interés por la política me hacía leer, me fui dando cuenta de que todo era mucho, pero mucho más complejo que lo que tantos y tantos mexicanos creían como la “verdad última”; una verdad última que, de manera triste pero interesante, los hacía eludir, al final del día,  toda reflexión en torno a las cosas que le pasaban al país y a su propio bolsillo, que fuera más allá de que una bola de rateros “todos iguales, todos lo mismo”- apiñados en el Congreso y en Los Pinos- eran quienes decidían sus destinos… y no había nada qué hacer… más que seguir votando por los que tenían el partido más fuerte porque “los otros no fueran a ser lo mismo pero peor”…

Por supuesto que estos individuos no se equivocaban en lo del despojo cotidiano al pueblo; su error yacía en la evasión reductiva mediante la cual se fugaban de tener que pensar un poco más sobre los motivos  de los problemas que padecían económicamente; pero ese aprendido señalamiento de los políticos y su cleptomanía como la causa solitaria de las crisis interminables, era, después de todo, una zona de confort, una fabulación “al alcance de todos” que se tornaba incuestionable, heredada. Hasta la fecha, las cosas siguen casi igual… casi…

Lo que ahora me provoca mucho interés es que jamás, en las diatribas y el desahogo del descontento social a los que estaba expuesto de niño y adolescente, jamás escuché la palabra empresario. Los únicos ricos parecían ser los congresistas, el presidente y su gabinete, por haber robado tantísimo, pero los millonarios no entraban nunca en el bestiario de la ratería; los “poderosos abusivos” que tanta gente podía percibir a su alrededor eran solamente los políticos. Así, sin tenerlo bien claro, estábamos de alguna manera adoctrinados para ver en el Estado al   supervillano de la película, ya fuera por ladrón o por incompetente. Pero esta visión no es tan “orgánica”; tenía manufactura.

Algo de esto lo explica Carlos Monsiváis (en sus buenos tiempos), en un magnífico ensayo titulado “La ofensiva ideológica de la derecha”, de 1980. Da ejemplos de sketches cómicos del teatro de vodevil de los años 70 -escritos por guionistas como Marco Antonio Flota y actuados por sujetos como Luis de Alba- en los cuales “… quedan excluidos de cualquier agresión humorística banqueros, industriales o latifundistas… Las conclusiones son claras: todos los funcionarios son corruptos y -por omisión y contraste- la iniciativa privada es buena y honesta y si los pobres pudieran serían tan corruptos como los funcionarios.”

Así, Echeverría era un gag con patas (meme, en términos centenials), objeto de todas las burlas y culpabilidades, al tiempo que trabajaba para la CIA preservando intereses transnacionales. Su función era centrar la atención del resentimiento público y cuidar ganancias privadas vía la represión violenta.

Monsiváis nos da la clave de cómo se inoculó, a través de la cultura popular, el ocultamiento de la clase empresarial como actor determinante en la formación de la desigualdad económica. Quedaron fuera de la “big picture” cuando se trataba   de buscar perpetradores del “subdesarrollo” del país. Cabe decir que otra aportación a esta gran   pantalla, era  la literatura del amarillismo político tan difundida en los años 70 y 80, desarrollada por periodistas y otros  escritores que publicaban libros basados en los escándalos de la “grilla”; estas publicaciones, al tiempo que rentables, ofertaban datos más cercanos al chisme y al morbo en un tono alarmista, y mantenían la atención de consumidores -que de verdad creían estar informándose- en el sector político como el origen exclusivo de todos los males.

Por cierto, el personaje llamado Rafael Loret de Mola, padre de ese ente vergonzoso y sociópata que ahora anda entregando la vida para que la minoría plutocrática siga arruinándole la existencia a los demás, fue un prolífico redactor de este tipo de libros chatarra. Faltaba más…

Esta operación de desplazar a la clase empresarial -entendiendo por este concepto a las élites económicas, no  a  los pymes (aunque muchos de estos se sientan pertenecientes, los ilusos)- de la mirada pública, para exonerarla de manera inconsciente y masiva de toda responsabilidad en las injusticias de una sociedad, no es privativa de México. En series y películas norteamericanas se oyen con frecuencia frases como “esos idiotas del Congreso”, o a Homero Simpson decir “desde ahora le dejaré las payasadas a los políticos”. Más allá de la tendencia de todos los países a quejarse y mofarse de sus gobernantes, existe un interés muy marcado por parte de las oligarquías en que la función pública sea el punching bag del descontento.

Así, las reales esferas últimas en donde se decide el futuro de millones, son admiradas, respetadas y motivo de inspiración y aspiración vía los Musk, los Slim, los Zuckerberg et al, mientras que el Estado es vapuleado: la fórmula ganadora para mantener un orden establecido desde la modelación temprana de mentes individuales.

En México, tal estado de las cosas alcanzó su punto máximo durante la carrera electoral del 2011-2012. Ahora, tal desorientación, producto de concentrar únicamente en los políticos el blanco de la inconformidad, no se quedaba, como en décadas anteriores, en una especie de pseudo-abulia cerebral. Esta vez se traducía en movimientos organizados, en “inteligencia suspicaz” que manejaba categorías como “Estado fallido”, “clase política”, “cleptocracia”, “sociedad civil” o “partidocracia” dentro del hervidero de las redes sociales, mientras la plutocracia -auténtica ganadora del mega-fraude en proceso y bloque psicopático de dominación-   se reía de todos, controlando las situaciones desde la comodidad de su escondite en la omisión psicosocial.

Ahora, la clase empresarial tenía su propio activismo que clamaba por la anulación del voto y el “castigo a los partidos”, para cumplir la tarea más importante de la agenda del poder fáctico: colocar a Enrique Peña Nieto en la presidencia y tratar de liquidar, de una vez y para siempre,  al mayor adversario político-electoral de las cúpulas corporativas: el “mesías tropical”  de Macuspana, que más que “mesianismo” les traía una peligrosa racionalidad de ética redistributiva y recuperación de soberanía.

Pues se acabó la fiesta de la alienación a la mexicana.

Los “tigres”, los “tiburones”, han sido expuestos como nunca antes frente a la opinión pública. Uno de sus peores escenarios se ha concretado: el ser reconocidos como actores obscenamente influyentes con intereses propios; como abusones y tiranos, mientras que los partidos y políticos que antes les hacían el trabajo sucio de recibir los madrazos del enojo multitudinario, ahora son identificados como empleados de patrones más grandes, los cuales ya no pueden convencer con la misma facilidad  a tanta población como antes, de que son “humildes” ciudadanos honestos de la sociedad civil, creadores de  riqueza (demasiada) y oportunidades. Por eso la urgencia que tienen de persuadir quien se deje de que ellos son los “líderes de la resistencia democrática”, cuando lo que les acomoda es una democracia de peluche que mantenga ese orden en el cual sus desmesuradas ganancias sean el mayor beneficiario de las políticas públicas. Las conferencias matutinas del Presidente han contribuido a esta exposición de la clase empresarial como una fuerza predominante que no necesariamente comparte intereses con el resto de la población. Ahora son parte del debate, están en el spotlight de la controversia. 

A este despertar de tantas conciencias, a este malestar suyo por hallarse en el meollo de la discusión pública en una sociedad más asumidamente politizada, es a lo que nuestros multimillonarios, mediante su intelligentsia -hace ya tiempo inusualmente angustiada-, llaman “polarización”. Y es que apenas había pasado un año desde la primera alternancia política genuina en nueve décadas -con unas 240 “Mañaneras” de por medio- cuando ya   prominentes depredadores de los negocios tuvieron que aguantar en pleno Zócalo las expresiones de aversión que antes estaban reservadas a sus servo-gestiones gubernamentales.

Después de todo esto, una de las cuentas pendientes que con  seguridad la clase empresarial nunca le va a perdonar a AMLO, es la histórica coyuntura que dirige hacia ellos el ojo desconfiado y escrutador del pueblo soberano -sí, este “mito” que tanto irrita a los ideólogos ultraliberales- diciéndoles ya te vi. Por eso, cada día hay que estar más alertas de ese encono contra el actual gobierno que crece sin parar entre las élites. Estamos, repito, en una coyuntura histórica en la que ya no sólo son objeto del simple resentimiento y envidia populares -a los cuales acostumbran reducir cualquier cuestionamiento que se les haga, como toda personalidad autoritaria-, o de la admiración suspirante y respetuosa que aún les profesan las bases clasemedieras de la derecha. Desde ahora, para muchos,  son sencillamente  gente siniestra y muy poderosa de la que hay que cuidarse, y eso, reitero,  a la 4T- en lo que ha tenido que ver- no se lo van perdonar.

Si no, pregúntenle a Claudio X. González si se pasearía a pie por el centro de la Capital, confiado en no recibir otra cosa más que la simpatía de los “oprimidos” por el “ogro” del Palacio….

Twitter: @SinsajoOdi

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